Hablemos en serio: ser joven no es fácil.
Ser joven equivale a ser sospechoso ante cualquier procedimiento policial.
Pero ser joven también es, al mismo tiempo, una creencia generalizada de que el mundo pasa por la imagen que proyectan.
Es así. El joven es hoy el modelo de todas las virtudes, pero también el chivo expiatorio de todos nuestros defectos.
La imagen del mundo moderno son los jóvenes.
Ellos nos muestran ropa imposible de ponerse en cuerpos veteranos.
Ellos son los protagonistas de las hazañas deportivas, la cara amable y simpática del cine y la televisión.
La belleza ideal se viste con las gráciles curvas de una joven de 17 años con lolas y cola que ya conocieron el bisturí.
Para nuestra envidia, las chicas lanzan grititos de euforia ante los pectorales y el abdomen marcado, producto del trabajo en gimnasio de los varones.
Es así, mis amigos.
La entrada al mundo joven es un viaje a Bariloche, a Carlos Paz o a Dineyworld, que pagaran los papás en cómodas cuotas.
¿Se ha fijado? Salvo en publicidades de dentaduras postizas, de medicamentos o de alguna marca de vino, en los anuncios de la televisión no hay gordos ni viejos, no hay feos ni gente muy real.
A partir de los 15 años el mundo se separa entre jóvenes y adultos.
Los jóvenes de hoy llenan las calles en las madrugadas del fin de semana, conocen el sexo en la edad que nosotros aun usábamos los pantalones cortos y, también, son los más frecuentes visitantes de hospitales de urgencia, víctimas de sobredosis, de comas alcohólicos o de accidentes de tránsito.
¿Sabe qué es lo más triste? Detrás de la belleza, las hazañas deportivas, el sexo, la droga, el alcohol o la política, hay gente mayor haciendo grandes negocios. Muchas veces es la misma gente que luego levanta el dedo para señalar a los jóvenes como causantes de cuanto desvarío se pueda cometer.
Sí, es un mundo de dos caras, como Jano.
Jano es, en la mitología romana, un dios que tenía dos que miran hacia ambos lados de su perfil. Jano era el dios de las puertas, de los comienzos y de los finales.
A diferencia con Jano, hay mayores que sólo quieren mostrar una sola cara de Jano, como la luna.
Porque si nos detuviéramos en este punto, la imagen de la juventud no estaría completa.
El año pasado la Organización Mundial de la Salud difundió una nota descriptiva sobre los jóvenes. Y dijo:
* Cada año mueren más de 2,6 millones de jóvenes de 10 a 24 años por causas prevenibles.
* Cada año dan a luz aproximadamente 16 millones de mujeres adolescentes de 15 a 19 años, lo que supone aproximadamente un 11% de todos los nacimientos registrados en el mundo. La gran mayoría de esos nacimientos se producen en países en desarrollo.
* Los jóvenes de 15 a 24 años representaron el 40% de todos los casos nuevos de infección por VIH.
* En el periodo de un año, aproximadamente el 20% de los adolescentes sufren un problema de salud mental, como depresión o ansiedad.
* Se estima que unos 150 millones de jóvenes consumen tabaco.
* Cada día mueren aproximadamente 430 jóvenes de 10 a 24 años a causa de la violencia interpersonal.
* Se estima que los traumatismos causados por el tránsito provocan la muerte de unos 700 jóvenes cada día.
* Muchos niños y niñas son los más afectados por llegar a la adolescencia desnutridos, lo que los hace más vulnerables a las enfermedades y a una muerte prematura.
* En el otro extremo, el sobrepeso y la obesidad (otra forma de malnutrición) están aumentando entre los jóvenes, tanto en los países de ingresos bajos como en los de ingresos altos.
Mientras esto ocurre, los mayores discuten ardorosamente, mezclando esa realidad que describe la OMS con preconceptos morales, religiosos, políticos, policiales o laborales.
Para esos sectores los jóvenes son sólo un medio de experimentación o de exterminio o de ganancias o de rédito político.
Desde las pantallas, a todo esto, los jóvenes siguen luciendo sus dentaduras perfectas, sus cuerpo esbeltos, sus sonrisas compradoras.