Un desayuno con Enrico Berlinguer, máximo referente del eurocomunismo en los años 80, nos hizo comprender a los periodistas de esta parte del mundo por qué Italia es un inmenso laboratorio que ensaya en su propia piel ideas que luego se trasladan al mundo. El dirigente, entre medialunas y café, nos estaba anticipando algo que el mundo viviría ocho años más tarde.

Era la primavera europea de 1.981 y el colega de la Prensa Extranjera en Roma me pasó el dato:

-Mañana, a las 9, Berlinguer va a charlar con un grupo de periodistas latinoamericanos. Seremos no más de diez. ¿Te interesa?

Como no me iba a interesar. Enrico Berlinguer era el máximo dirigente del eurocomunismo.

Secretario general del PCI, un partido con cinco millones de afiliados que controlaba –con excelentes gestiones- las ciudades más importantes de Italia: Roma, Milán, Bologna, Turín, Florencia, la figura de Berlinguer por aquellos días atraía a la prensa internacional..

Berlinguer era un comunista distinto: había roto con el Partido Comunista de la Unión Soviética, , defendía a ultranza la libertad de prensa, mantenía diálogo con la Iglesia Católica,

Es más, en 1970, Berlinguer realizó un sorprendente llamamiento a los grandes empresarios, y en general a las fuerzas conservadoras del país, declarando públicamente que el PCI se situaba a favor de un nuevo modelo de desarrollo, en el cual debían jugar un gran papel los grandes industriales y empresarios.

Como si esto fuera poco, estaba el personaje.

En esos tiempos Berlinguer tenía 59 años. Había nacido en Sassari, Italia, dentro de una importante familia de Cerdeña, en un contexto cultural y familiar notable, lo cual le influiría en toda su vida y carrera. Su apellido, Berlinguer, tiene orígenes catalanes, prueba de la presencia de la Corona de Aragón en Cerdeña siglos atrás.



Era primo de Francesco Cossiga (quien fue líder de la Democracia Cristiana y presidente de la República Italiana), y ambos eran familiares de Antonio Segni, otro dirigente democristiano y presidente de la República. El abuelo de Enrico, también llamado Enrico Berlinguer, fue el fundador de La Nuova Sardegna, un importante periódico sardo, y amigo personal de los héroes de la Unificación Italiana, Giuseppe Garibaldi y Giuseppe Mazzini.



En 1946, Palmiro Togliatti, como máximo dirigente del Partido, llamó a Berlinguer a Roma, y tan sólo dos años más tarde (con 26 años) entró en el secretariado nacional del PCI, siendo uno de los miembros más jóvenes admitidos en dicho órgano. En 1949 fue elegido secretario general de la Federación Juvenil, ocupando dicho puesto hasta 1956. Un año después, fue nombrado presidente de la Federación Mundial de la Juventud Democrática, la Internacional de Juventudes Comunistas y afines. En 1957, Berlinguer, como dirigente de la escuela central de formación del PCI, abolió la visita obligatoria que hasta entonces había que hacer a la Unión Soviética, como parte de la formación política, la cual era necesaria para ser admitido en las más altas posiciones del PCI.



Aquel día que los periodistas latinoamericanos desayunamos con Berlinguer, pudimos apreciar la lucides de un dirigente y la gran diferencia con los tradicionales dirigentes de nuestra izquierda vernácula. Lea bien estas respuestas:

-¿Cómo puede ser que usted, un noble sardo, sea el jefe del comunismo italiano?

-Esa es una pregunta muy común en países como los latinoamericanos e incluso en varios de la órbita soviética. Las ideas no están condicionadas por una posición económica o cultural. Yo no soy comunista por necesidad, por odio o por revancha. Lo soy por convicciones.



Otra respuesta interesante fue esta:

-Con cinco millones de afiliados y conduciendo las ciudades más importantes de Italia, pareciera que postergan el acceso al poder de la Nación. ¿Por qué?

-Lo mínimo que puede pedírsele a un dirigente es que piense, que sea coherente, que vea más allá de la coyuntura. Italia es parte de la OTAN y nuestra presencia en este momento introduciría un elemento de tensión que a nadie beneficiaría. En segundo lugar, gobernar un país es algo muy distinto a gobernar una Nación. Si usted tiene cinco millones de afiliados no significa que tiene el millón de dirigentes capacitados para conducir las empresas italianas. A esta altura de la humanidad, nadie en su sano juicio puede plantearse una “dictadura del proletariado”. Un país no se maneja con consignas.



En 1981, en una entrevista con la prensa, Berlinguer afirmó que, en su opinión personal, la fuerza progresista de la Revolución de Octubre estaba exhausta. “Despues de tantos años de revolución resulta que los trabajadores soviéticos viven mucho peor que los del mundo occidental”, sostuvo en un documento.

Además, el comunismo italiano criticó la normalización de Polonia y muy pronto la ruptura entre el PCI y el comunismo sovietico se convirtió en definitiva y oficial, seguida de una larga polémica entre Pravda y L’Unità (el diario oficial del PCI), a pesar de los intentos de Fidel Castro de normalizar la situación con una cumbre en La Habana.

Junto con el español Carrillo y el francés Marchais lanzaron el “eurocomunismo” y abrieron un diálogo con la Iglesia católica, algo impensado desde que el Papa Pío XII había excomulgado a los comunistas poco después de la Segunda Guerra Mundial,



Aquel desayuno con Berlinguer nos hizo comprender a los periodistas de esta parte del mundo por qué Italia es un inmenso laboratorio que ensaya en su propia piel ideas que luego se trasladan al mundo.

Ese dirigente, entre medialunas y café, nos estaba anticipando algo que el mundo viviría ocho años más tarde.

Lo que nadie sospechó aquella mañana es que Berlinguer, aun joven, moriría tres años después. El 7 de junio de 1984, abandonó repentinamente la tribuna de un mitin en Padua: había sufrido una hemorragia cerebral, y moriría tres días más tarde.



Más de un millón de personas asistió a su funeral, en una de las mayores manifestaciones del comunismo italiano en la historia. Pocos días después, el PCI ganaba las elecciones europeas, la primera y única victoria electoral comunista a nivel nacional de la historia de Italia.

 

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