¿Qué fue la guerra de las Malvinas? ¿Una guerra del futuro o del pasado? Esta es una de las preguntas que se hacían los periodistas internacionales durante los días del conflicto. Mientras en la Argentina la euforia se mantenía en base a desinformación y mentiras, en el mundo se analizaba un final anunciado y la guerra daba temas para análisis muy lejanos a la pasión y el dolor argentinos. Los testimonios de un argentino que vivió la guerra junto centenares de periodistas acreditados en Roma.
En Via de la Mercede 55 funciona la Associazione della Stampa Estera (Asociación de la Prensa Extranjera en Italia), una organización fundada el 17 de febrero de 1912 por 14 profesionales extranjeros y que al momento de la guerra (1982) nucleaba a 396 asociados activos.
En ese mundo se incluían 70 estadounidense, 44 alemanes, 31 británicos, 21 franceses, 13 japoneses,10 yugoslavos, 12 soviéticos, 8 brasileños, 15 suecos, 15 suizos y 9 holandeses, además de representantes de la mayoría de los países, entre ellos 48 italianos que trabajaban para medios extranjeros y una decena de argentinos.
¿Por qué tantos periodistas extranjeros?
Italia siempre fue un punto de interés mundial. Entre otras cosas porque allí, en el pequeño estado Vaticano, sede del catolicismo mundial, vive el Papa y en el territorio peninsular habitan miles de personajes famosos en todo el mundo y que son figuras internacionales en el deporte, el cine, la literatura, la música, la política, la vida empresaria, la moda y las ciencias.
Italia es un verdadero país museo viviente que fue imperio y que hoy es visitado por más de 30 millones de turistas todos los años.
Desde mi llegada a Roma, Rolando Riviere, corresponsal de La Nación, que pasaba la mitad del tiempo en Madrid, donde vivía con su esposa y la otra mitad en Roma, también ámbito de su actividad profesional, se transformó en un amigo incondicional. Muchas veces cuando venía a Roma paraba en mi casa.
Radicado en 1966 en Roma e instalado diez años después en Madrid, sus crónicas narraron con lucidez importantes acontecimientos que ilustraron las últimas décadas del siglo XX.
Riviere era un gran conversador. Coloquial, ocurrente, erudito, polémico. Era hijo del Gran Maestre de la masonería argentina aunque nunca hablaba del tema.
Riviere dejó documentos periodísticos invalorables sobre la Primavera de Praga, los comienzos de la disgregación yugoslava, la consolidación embrionaria de la Comunidad Europea, mani pulite, la perestroika, el Portugal con claveles en los fusiles, el apogeo de Mitterrand y el ocaso del comunismo. Todo el Mediterráneo era su ámbito, y fue así a Grecia, a Egipto, a Israel; tareas periodísticas lo llevaron hasta el África negra, reconoció en Paquistán la efervescencia islámica y asistió en China al debilitamiento de la revolución cultural.
A pesar de la diferencia de edades –Riviere había pasado ya los 50 años y en esa época yo tenía 33- nuestras charlas eran realmente un ejercicio intelectual del que yo mucho aprendía.
Rolando podía hablar con bases sólidas de casi cualquier tema. Cientos de sus historias se publicaban con seudónimo en distintos medios, desde crítica de cine a cuentos eróticos. Era un intelectual, un hombre de la cultura, que podía hablar de la revolución china pero también del cine policial negro o las historias de grandes criminales o los personajes del imperio romano.
Con Rolando comíamos a veces en casa – era una especie de tío para mis hijos- y otras en lo de Pablo, otro personaje que merece unas líneas.
Paolo, era un cocinero de barco que, cansado de pelar papas y cocinar en alta mar, un día decidió volver a tierra y ponerse un pequeño restaurante en Roma, cerca de la Prensa Extranjera.
Paolo – Pablo para nosotros- era un hombre de alrededor de 65 años, bajito, delgado, que hablaba varios idiomas y cocinaba como los dioses. Pronto no sólo cocinaba sino que se incorporó a nuestras charlas y contó aventuras increíbles de sus 30 años en ultramar.
Otro de los comensales permanentes de esa mesa era Leslie Childe, un inglés que había llegado en 1959 a Roma como corresponsal del diario londinense The Sun. Cuando le ofrecieron la corresponsalía, pensó: “Italia es un país en crisis permanente; voy, cuento el derrumbe y en un par de años vuelvo”.
No sólo no volvió: se casó, tuvo hijos italianos y se enamoró de ese país en forma de bota.
Leslie era uno de los más trabajadores en el edificio de Via de la Mercede. Su diario –un tabloide sensacionalista- le pedía notas de los más variados temas. Además de la flema inglesa y un sentido de la amistad valorado por todos, tenía un hígado a toda prueba, capaz de tomar varios vodka y martinis, almorzar y cenar con un buen vino y terminar la noche con un par de vasos de whisky escocés. “El hígado es un invento latino”, decía entre risas.
Una mesa de la que esporádicamente podían participar el español Joaquín Navarro Valls –quien luego sería vocero papal de Juan Pablo II-, el brasileño Araujo Netto, el griego Giorgio Lambrinopulos o el búlgaro Cristo Petrov.
De pronto, un hecho perturbó aquellas amigables tertulias donde todos nos sentíamos cómodos y donde podíamos coincidir en los análisis porque aunque viniéramos de países de muy distintas posiciones –eran los años de la guerra fría- como profesionales del periodismo analizábamos hechos no ideologías.
Ese clima rápidamente se altero.
Fue exactamente el 2 de abril cuando –imprevistamente para los europeos– la Argentina se transforma, por primera vez en muchos años, en protagonista de una noticia mundial de primerísimo nivel. Las radios y la televisión fueron las primeras en dar el anuncio, más o menos en estos términos: “fuerzas militares argentinas invadieron una islas llamadas Falklands pertenecientes a Inglaterra y pobladas por súbditos de esa nacionalidad”.
Al día siguiente los diarios publicaron amplios servicios con explicaciones sobre todo de carácter geográfico. Algunos intentaron un análisis de la situación pero los conceptos en aquel momento no eran claros. Para los europeos en general se trataba de una invasión contra pacíficos pastores, totalmente injustificada y carente de fundamentos jurídicos, dispuesta por un régimen militar en agonía que, en un gesto desesperado, intentaba recuperar el consenso popular “exaltando demagógica e irresponsablemente el espíritu nacionalista típico de los países latinoamericanos”.
Para reafirmar esa opinión utilizaban algunos elementos de la realidad más inmediata. Por ejemplo, señalaban que sólo 48 horas antes el gobierno había debido recurrir a una brutal represión para enfrentar las manifestaciones populares contra una situación política, económica y social asfixiante.
De cualquier forma, todos los ojos se dirigían a Inglaterra. Esperaban la reacción de la “dama de hierro”, de esa inflexible Margaret Tatcher, agobiada por problemas políticos, que conducía un viejo imperio en decadencia, que soportaba cuestiones internacionales irresueltas como las de Irlanda, Gibraltar y las mismas Malvinas y cuya política monetaria, resistida por la población, había aumentado a tres millones el número de desocupados, generando gravísimas reacciones sociales que amenazaban extenderse rápidamente.
Y el hecho se gana realmente la primera página de todos los diarios cuando las Naciones Unidas ordenan el retiro de las tropas argentinas e Inglaterra anuncia que envía sus naves para recuperar las islas.
A partir de ese momento, todos los diarios envían periodistas a Buenos Aires, encomiendan servicios a especialistas de diversos temas, se lanzan a la búsqueda de fotografías de los principales funcionarios civiles y militares de nuestro país, contratan servicios con mayores diarios ingleses que mandan enviados a bordo de las naves de navegación hacia el extremo austral. Se comienza a crear el clima de un inminente enfrentamiento bélico. La noticia era importante: uno de los protagonistas es el viejo león inglés, dueño de los mares, poseedor de una de las mayores marinas de guerra del planeta, miembro de nivel del resumido club de naciones detentoras de armamento nuclear.
Nuestras fuerzas armadas, ¿habían evaluado suficientemente, tanto en el campo militar como en el diplomático, el paso que habían dado? Desde Buenos Aires, uno de los enviados especiales señalaba que «en la Argentina todos están convencidos que no se llegará a la guerra, que la diplomacia internacional frenará a tiempo el conflicto y que la cuestión se resolverá finalmente sobre la base del hecho consumado».
Pero en Europa ¿alguien hablaba de derechos sobre las islas? ¿Algunos intentaban profundizar sobre a quién correspondían esas porciones de tierra ubicadas en medio del océano? ¿Se tenían en cuenta los antecedentes históricos y geográficos que esgrimía cada país? Absolutamente no. La posibilidad de una guerra hacia pasar a segundo plano toda otra cuestión.
Los enfoques de las notas de los enviados apuntaban a otros aspectos. La mayoría de ellos analizaba críticamente la situación general del país, los problemas políticos existentes, el difícil estado de nuestra economía, lo imprevisto de una decisión adoptada en el resumido circulo que había asumido tan tremenda responsabilidad sin tener en cuenta no ya la opinión del pueblo sino tan siquiera la de lo más representativos dirigentes políticos y sectoriales.
Otros preferían ahondar en el aspecto internacional de la cuestión: éste era el primer enfrentamiento de importancia entre los países del mundo occidental, y se explicaban: la Argentina, a pesar de todos sus problemas actuales, es un país constituido a imagen y semejanza de Europa. A pesar de su “acentuado proceso de latinoamericanización en los últimos años” –señalaban intencionalmente–, “ha sido un tradicional aliado del mundo occidental y ha jugado un papel de gran importancia en la difusión de nuestra cultura en toda Sudamérica, en la que alguna vez fue país rector”.
Para estos analistas, el enfrentamiento entre Inglaterra y la Argentina representaba una fractura dentro del mundo occidental que si se profundizaba perjudicaría a todo Occidente.
Algunos especialistas, en cambio, preferían abordar otra cuestión del tema: el enfrentamiento norte-sur. Y se preguntaban: ¿es esta una guerra del pasado, típicas de las luchas libradas por los países jóvenes contra el colonialismo? “Existen elementos para suponer que sí pero éstos no son suficientes pues a fines del siglo XX es anacrónico pensar que la lucha contra el colonialismo se deba encarar militarmente”, argumentaban. Y agregaban: “Esto se parece más a una guerra del futuro, a una de las que podrían llegar a plantearse entre naciones ricas y naciones pobres si la brecha existente se continuara ensanchando. Pero para que ello fuera así, una de las partes tendría que haberle dado un contenido filosófico del que carece absolutamente la acción llevada a cabo por las fuerzas armadas argentinas”.
Los especialistas en temas militares, mientras tanto, preferían incursionar en otro aspecto: las posibilidades que ofrecía el diferendo si se planteaba un conflicto armado, para ensayar en reducida escala nuevos armamentos y materiales.
Los entendidos en economía alarmaban con otra cuestión: la abultada deuda externa de nuestro país que, sumada a la de Polonia y varios países del llamado Tercer Mundo, podrían provocar un crash financiero de imprevisible consecuencias.
Como puede apreciarse, las cuestiones en debate eran lo más variado y se manejaban sobre un plano realístico de intereses afectados. Allí el patriotismo, las marchas militares, las concentraciones populares, poco tenían que hacer. El mundo había cambiado y estas cuestiones transitaban otros caminos.
A todo esto, el hombre de la calle también comenzaba a opinar. El comentario general era que “se ha llegado a una situación absurda”. El europeo medio tiene en muy bajo concepto a cualquier régimen militar. Y no podía disimular su antipatía hacia el argentino. Pero eso de alguna forma se compensaba con otra antipatía de raíces más profundas y que es la que sienten los países latinos hacia ese aire de superioridad inglesa. De no ser por la imagen que ofrecía nuestro país, era indudable que espiritualmente estaban más cerca de nosotros. Pero había cosas que, por principio, no podían aceptar. Y es así como, aunque las consideraron una especie de chantaje y además de escaso valor como elemento de presión, todos estuvieron de acuerdo con las sanciones económicas que la Comunidad Europea impuso a nuestro país.
Los ingleses gozaban además de un arma importantísima: presencia en el continente. Algo que nosotros no teníamos en absoluto. Y esa presencia se traducía en notas periodísticas que contaban anécdotas de los soldados a bordo del Invencible o del Hermes, relataban la vida de los jefes militares británicos, exponían hasta el cansancio los puntos de vista del gobierno de Londres y hasta realizaban una campaña –que llegó a tener éxito– diferenciando entre el pueblo argentino, de origen europeo, amante de la paz, y el gobierno militar que decidía inconsultamente y que había cometido atropello incalificables en materia de derechos humanos.
Hablar con corresponsales de otros países acreditados en Roma, se hacía muy difícil para un periodista argentino en aquellos días. En general, el argumento de ellos era lineal: “Hace algunos años –decían– querían la guerra con Chile; ahora con Inglaterra. ¿Y después…?” Todos argumentaban: “Para hacer una guerra contra los ingleses, primero se debe arreglar los problemas de casa, deben saber quiénes los apoyarán en el campo internacional, deben poseer una industria militar poderosa. Lo que están haciendo es enviar gente al suicidio».
Nunca faltaba alguien que intentara explicar que “los Estados Unidos apoyarán a la Argentina y evitarán la guerra pues el gobierno militar mantiene ahora muy buenas relaciones con la administración norteamericana pues se ha comprometido a actuar como gendarme ideológico dentro de América Latina”. A lo que respondía, inexorablemente, una argumentación mucho más realista: “¿Les parece que los Estados Unidos, en momentos en que tienen que negociar con la URSS un nuevo plan de desarme, van a querer problemas con sus aliados de la OTAN? Eso es infantil”.
Otros suponían que la ayuda militar para Argentina podía venir por el lado de la Unión Soviética. Para cualquier atento observador de la política internacional, esa posibilidad era totalmente descartable. Además de las razones de orden mundial que impone la coexistencia, los soviéticos ya habían fijado su posición al no imponer su derecho a veto en la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con lo cual posibilitaron una resolución desfavorable para nuestro país. Seguramente, tuvieron en cuenta la necesidad de no sentar un precedente en lo que hace a la recuperación de hecho de la soberanía que podía ser usado en su contra en casos pendientes, como el de Mongolia y zonas reivindicadas por China o en el caso de las islas Kuriles.
Los acuerdos de Yalta pueden ser cuestionados pero de ninguna manera ignorados pues representan una realidad insoslayable. Configuraron «áreas de influencia» que deberán subsistir mientras no se logre el objetivo del desarme y que, aunque parcialmente se vayan modificando a medida que se desarrollan en la humanidad nuevas tendencias de paz y de desarrollo, son las que permiten hasta ahora la coexistencia pacífica.
Para los periodistas de todo el mundo acreditados en Roma, así como Estados Unidos no violó el código de la coexistencia cuando la URSS intervino en Afganistán, ésta tampoco lo haría nunca en un conflicto que se desarrolle dentro del mundo occidental.
Finalmente, quedaba otra cuestión importante: para el conjunto de naciones, especialmente para aquellas que tienen responsabilidades hemisféricas, el orden internacional debía ser respetado. De ninguna forma podía aceptarse que quien rompiera ese orden –y en este caso más que los antecedentes y los derechos sobre el archipiélago contaba el hecho de quien inicia las hostilidades– saliera triunfante pues el ejemplo podía cundir y son muchas las cuestiones que hasta ahora no han encontrado un cauce diplomático.
Pero además estaba la opinión del hombre común. Y en Europa, este hombre, a pesar de no poseer una buena información sobre todo lo que rodeaba al caso Malvinas, se hacia un cuadro de situación que, a grandes rasgos, coincidía plenamente con el testimonio brindado por una mujer que se refirió al tema durante uno de los tantos programas radiales con participación telefónica de la audiencia que se ofrecen en el Viejo Continente.
Esta mujer decía: «yo viví varios años en la Argentina y tengo familiares allí, por lo que puedo decir que sé lo que es ese país, cómo piensa su gente e, incluso, qué siente respecto a las islas Malvinas, sobre las que han reivindicado derechos y sobre las que desde niños se les ha explicado que pertenecen al territorio nacional. Pero con todo lo que quiero a la Argentina debo decir que los argentinos están equivocados y que, por lo que han hecho hasta ahora al menos, no tienen ningún derecho sobre las islas. ¿Por qué? Porque los argentinos son 25 millones de personas a los que la naturaleza los privilegió dándoles un inmenso territorio pleno de riquezas al que no han sabido sacarle provecho. Yo viví en la Patagonia y sé lo que es eso. Pero los argentinos no pueblan la Patagonia, como tampoco pueblan las extensas fronteras del país. La mitad de los habitantes prefieren vivir alrededor de Buenos Aires. Tienen riquísimos yacimientos minerales y ni siquiera los exploran. Tienen grandes posibilidades de pesca y no se preocupan por pescar. En lugar de sacarle provecho a las potencialidades del país, aplauden cuando les liberan las importaciones y les permiten comprar en el exterior toda clase de artículos superfluos. No tienen problemas raciales ni religiosos ni tan siquiera ideológicos y viven en una total inestabilidad política. Es un país donde es imposible planificar económicamente nada. Se ha perdido hasta el concepto de la convivencia civil al extremo de considerar normal la desaparición de una persona, la censura, la falta de libertades, las proscripciones. Ante todo, ¿quién puede considerar como cuestión prioritaria nacional la toma de unas islas con clima polar pobladas desde hace más de un siglo por pacíficos súbditos británicos que se dedican a pastoreo? Yo no digo que no le pertenezcan pero me pregunto si depende de estas islas el futuro del país y aunque sé lo que significa el colonialismo inglés, pienso que también la clase dirigente argentina ejerce una especie de colonialismo al pretender poseer por las fuerzas tanto territorio sin darle una utilización económica y sin brindarle un mejor nivel de vida a sus habitantes».
Este tipo de análisis era el que predominaba al comienzo del conflicto. La guerra ya estaba a las puertas y muchos se preguntaban cómo de la nada puede surgir una guerra. Porque la Argentina no se había preocupado de dar difusión internacional al tema Malvinas. Era ilógico –para los europeos-, pensar que de la nada estuviera por surgir una guerra absurda. Si nunca habían oído hablar de aquellas islas remotas.
La historia de la guerra no es necesario contarla. Todos la hemos vivido. Cada uno tiene su propia opinión formada. Lo que si es necesario destacar es la diferencia, en cuanto a calidad y cantidad, de información que se ofreció a los argentinos y al resto del mundo. Un poco por la censura existente y en mucho porque la mayoría de los medios de difusión decidieron acompañar la aventura del rescate de las islas, el caso es que el ciudadano argentino estuvo siempre mal informado. Y eso se podía apreciar fácilmente en Italia, cuando los enviados especiales, en línea directa con sus canales de televisión, sus emisoras de radios, sus diarios o revistas, pintaban un cuadro que nada tenía que ver con la realidad, con la información que allí se manejaba. Los enviados hablaban del triunfalismo que existía en la Argentina, mencionaban el hundimiento del Hermes, del Invencible. Londres negaba todo. Los periodistas europeos daban la razón a Londres basándose en un hecho real: la tremenda diferencia de poderío entre las fuerzas en pugna.
Es así como a poco de comenzada la guerra, todos hablaban de una operación suicidio. “Uno de los protagonistas es un país subdesarrollado, que depende del exterior en materia bélica; el otro es una de las potencias militares del mundo, cuenta con el apoyo logístico de los Estados Unidos y de la OTAN, goza del respaldo económico del mundo occidental, puede reponer cuantos barcos y aviones desee e, incluso, si se encuentra perdido pese a todas esas ventajas, puede llegar a usar su armamento nuclear o atacar puntos del territorio argentino, lo que tendría una fuerza como presión psicológica sobre la población difícilmente asimilable. La guerra la perdió Argentina cuando se disparó el primer tiro. Ahora sólo queda esperar que esto termine pronto”. Planteadas así las cosas, el resultado era inevitable.
Un día terminó la guerra. Y el país debió asumir ahora no sólo el trauma que significa la guerra militarmente perdida sino también el agudizarse de la crisis económica, la crisis generalizada de descreimiento en la población y el deterioro internacional en el mundo occidental de nuestra imagen como país.
El mundo industrializado ya estaba sacando conclusiones de esta guerra. Se había hecho una autocrítica profunda, trataba de recomponer sus relaciones con América Latina. En la Argentina en cambio, parecía que existieran dos criterios. Uno, que trataba de sepultar lo ocurrido, hacer de cuenta que nada sucedió. Otro, que intenta aclarar las cosas y sacar enseñanzas.
Habían pasado cosas muy importantes en muy corto tiempo como para que no las analizáramos. Habíamos pasado de la euforia nacional a la mayor de las decepciones, habíamos visto la maratón itinerante del secretario de estado norteamericano, Alexander Haig, las febriles reuniones de las Naciones Unidas, la visita del papa Juan Pablo II, la falta de apoyo de los países industrializados, el abrazo del canciller Costa Méndez con Fidel Castro, la manifiesta intención de Galtieri de llegar a pedir ayuda a la Unión Soviética si fuera necesario, la caída de un presidente y el derrumbe de un régimen.
En medio de todo esto, el argentino medio estaba profundamente desinformado.
Recuerdo una de las últimas notas que mandé desde Roma. El periodista que me atendió en la Argentina me dijo:
-Parece que las cosas andan bien. Los ingleses están por retirarse.
-Oíme, la Argentina capituló esta mañana. ¿Acaso no se ha informado en Buenos Aires?
-¡Dejá de embromar…!
Les cuento que las cenas en lo de Pablo para un periodista argentino se hicieron difíciles. Yo dejé de concurrir pues no estaba de ánimo. Me dijeron que tampoco iba Leslie Childe.
Y acá viene la anécdota.
La guerra estaba en su nivel máximo. Yo estaba escribiendo en la Stampa Stera y de pronto veo que Leslie se acerca a mí. Muy serio me dice:
-¿Podemos charlar un momento?
Si hay algo que un periodista no puede hacer es dejarse ganar por las emociones y rechazar una charla. Menos con “el enemigo”.
Salimos del edificio de la prensa y sin decir palabra caminamos cuatro o cinco cuadras hasta un bar. Nos sentamos en dos taburetes, junto al mostrador. Leslie pidió su amado vodka Martini y yo una cerveza.
De pronto el veterano colega me miró. Estaba muy serio y con los ojos enrojecidos. Y una a una escuché sus palabras dichas entre lágrimas:
-Quiero decirte que ni vos mereces a esos mal nacidos que han inventado una guerra para seguir en el poder ni yo merezco a esta vieja loca que aprovecha la guerra para ganar votos. Ninguna guerra vale más que una amistad. Ninguna guerra vale más que una sola vida humana. Espero que esto termine pronto y que los dos gobiernos tengan el castigo que se merecen. Quiero que tengas en claro que esta no es mi guerra ni sos mi enemigo. Seguís siendo mi amigo.
Los dos quedamos en silencio. Leslie apuró su vodka Martini. Yo tenía un nudo en la garganta y quise desatarlo con mi cerveza.
Ya estaba todo dicho. Y cada uno se fue a su casa tras un apretón de mano.Epílogo
Los años han pasado y la guerra quedó en la memoria.
Cuando veo a los ex combatientes luchando por ser reconocidos, siento una inmensa bronca hacia los militares que los mandaron al frio, al hambre, a la muerte, peleando contra una potencia mundial sólo acompañados por su valor y su amor al país.
Siento también bronca hacia quienes desinformaron al pueblo argentino.
Y siento lástima por todos nosotros que somos un país tan pasional como para reunir multitudes para putear a los militares y al día siguiente volver a convocar multitudes para festejar una guerra irracional.
Han pasado 35 años de aquellos días.
>En 1983 la editorial Hachete me publicó mi primer libro: Cómo y por qué sobrevive Italia, con un capítulo con “La guerra de las Malvinas vista desde Europa”
>Volví a Italia varias veces pero Leslie ya se había jubilado y nadie sabía si aún vivía.
>Paolo cerró su restaurante y se fue de Roma.
>A Rolando Riviere le llamé por teléfono en un viaje a Madrid y volví a encontrarme con él en un bar del Paseo la Castellana en 1996. Vestía como siempre con impecable blazer y estaba acompañado por Flanagan, su perro madrileño. Lo noté más viejo y desmejorado aunque lúcido como siempre. Supe que murió el 15 de febrero de 2000 en España, tras soportar una larga dolencia. Tenía 69 años.