Es cierto.

Yo me indigno cuando aparecen aventureros con mucho dinero de dudoso origen adquiriendo medios de difusión como si se tratara de bebés de probeta.

Quienes creen que con el calor oficial, el producto del juego, los retornos mal habidos o las asociaciones pecaminosas alcanza para crear un diario o sostener valores o simplemente hacer más negocios, es bueno que sepan que hace falta una gran pasión para darle vida a un medio masivo que comunique el accionar de los humanos.

Tan difíciles son los comienzos como mantenerlo erguido y con dignidad.

Muchos aventureros terminaron viviendo en Miami mientras dejaban a sus empleados en la calle.

Por eso, porque en los últimos años hemos visto muchas aventuras indignas, es bueno mostrar el parto natural de un diario. En este caso, de un semanario. Se lo cuento en dos anécdotas.

 

1 - Cómo logramos que Los Andes nos imprimiera

 

Estaba parte del equipo y el local que en realidad era una prolongación de nuestra casa pues allí venían a tomar la leche y hacer sus tareas Mariano, Juanca y Luigi mientras andaba correteando Luciano, que tenía tres años.

Pero faltaba aun lo principal: ¿donde imprimiríamos?

Eduardo – mi hermano y compañero en aquella aventura inicial-  fue muy realista:

-Rotativa offset en San Juan hay una sola, la de Diario de Cuyo. Pero sería ridículo proponerles que nos impriman para que les hagamos la competencia.

Era lógico. En aquellos años todos defendíamos nuestro espacio con uñas y dientes. Los avances tecnológicos nos enseñaron que la competencia no es el enemigo y que muchas veces somos aliados en la lucha por crecer o sobrevivir.

-¿Entonces?

-¿Porqué no intentamos en Mendoza?- dijo el Negro Mendoza, veterano periodista partícipe de la aventura.

-Sólo podríamos imprimir en la rotativa de Los Andes. ¿A vos te parece que un diario grande como Los Andes va a tener interés en imprimir un semanario sanjuanino?

-Probemos, total nada perdemos con preguntar.

-Yo sé que el gerente es un ingeniero Caseros, un hombre joven. No lo conozco pero... veamos.

 

 

Hablamos por teléfono a Mendoza y nos agrandamos:

-Le hablo de El Nuevo Diario de San Juan. El ingeniero Caseros, por favor.

Hubo dos interminables minutos de espera. De pronto escuchamos una voz en el teléfono.

-Hola. Habla Caseros.

-Mucho gusto ingeniero. Le hablamos de El Nuevo Diario de San Juan, una publicación que aparecerá en las próximas semanas y estamos interesados en charlar con ustedes sobre el tema impresión.

-¿El Nuevo Diario, me dijo?

-Sí.

Caseros no tenía idea qué podría ser lo que nosotros queríamos. Pero seguramente la palabra "diario" en una provincia cuyana, produjo el milagro:

-Bueno, vengan.

-¿Cuando?

-Cuando quieran. Mañana, pasado...

-Mañana a las cinco estamos allí. ¿Le queda bien?

-Perfecto.

 

 

Al día siguiente estábamos en Mendoza Eduardo, Roly –Rolando Caldentey, nuestro contador, aun en la empresa-, el Negro y yo.

Entramos al edificio de la avenida San Martín y sentimos sobre nosotros más de cien años de periodismo.

Nos sentimos muy pequeños.

Pero cuando nos anunciaron al ingeniero Caseros, sacamos pecho y entramos al despacho.

Fueron dos horas de conversación.

Hablamos del semanario y de ilusiones.

Hablamos de mi paso por Clarín y del paso del Negro Mendoza por Primera Plana.

Hablamos.

Y Caseros, aunque dirigiera una empresa con toda la historia de Mendoza encima, tenía poco más, poco menos, nuestra edad.

-Está bien. Métanle. Nosotros les imprimimos. Organicen todo para estar acá con las páginas los jueves a las 3 de la tarde y a las 7 se llevan el diario hecho.

Eran las siete de la tarde y era el 25 de abril de 1986, cuando salimos del edificio de Los Andes.

Nos fuimos a la confitería del Automóvil Club. Pedimos cuatro cafés y brindamos.

Ya estaba decidido.

El primer número de El Nuevo Diario -de los viernes en ese entonces- saldría a la calle el 16 de mayo.

Empezaba una carrera contra el almanaque.

 

2 – El día que nos olvidamos la página 8

Pero la historia que da el título a esta nota se produjo poco después.

Hacía tres semanas que aparecía El Nuevo Diario y no dejábamos de sorprendernos. La vida era un sobresalto continuo.

Las cosas, simplemente, ocurrían.

¡Teníamos tanto que aprender sobre el mercado de semanarios!

Y nadie podía enseñarnos porque no existían experiencias válidas.

El tema del tiraje nos volvía locos.

Nosotros proveníamos del mundo de los diarios, donde las ventas de ejemplares son más o menos estables y poco varían con un buen título.

Con los semanarios era absolutamente distinto.

El Nuevo Diario estaba conquistando su propio público, los "fieles", que lo compraban por su contenido más que por una gran nota.

Pero además estaban los otros, los lectores que se acercaban por determinado título.

Esa franja nos interesaba porque podíamos conquistar nuevos lectores fijos. Pero... ¿cómo saber qué le interesaba a ese lector esporádico?

Imprimíamos en Mendoza, por lo que no podíamos hacer una segunda tirada si nos quedábamos cortos.

 

 

Habíamos comenzado con un tiraje estable de cinco mil ejemplares.

La primera edición, porque era novedad y por la gran campaña publicitaria, se agotó el primer día.

-Perforamos el "techo" proyectado, hagamos más ejemplares-, dijimos.

A la semana siguiente encargamos 7 mil. Sólo vendimos 4 mil.

Gran decepción.

-Se nos cayeron las ventas. ¿La gente se decepcionó con el primer número?

Las dudas nos atormentaban.

La semana siguiente volvimos a hacer 5 mil ejemplares. Vendimos 3.800.

-Algo está pasando. Seguimos cayendo.

-¿Cuánto imprimimos esta semana?

-Sigamos en el tiraje inicial. Yo haría otra vez 5 mil ejemplares. Si la tendencia se mantiene en alrededor de 4 mil, la semana próxima disminuimos la cantidad.

Todos estuvimos de acuerdo.

-Esta edición es clave, pues marcará una tendencia -, nos dijimos.

 

El viernes a las 9 de la mañana nos llamaron de la Distribuidora Campana, encargada de la distribución del diario.

-¿Tienen más ejemplares?

-¿Qué pasa?

-No nos quedó ni uno.

-¿Los canillitas retiraron todo?

-No sólo eso. No quedan ejemplares en los kioscos y están viniendo los vendedores por más ejemplares.

¿Qué había pasado?

Teníamos en tapa un título fuerte: el escándalo por la adjudicación del dique Cuesta del Viento, ignorado por otros medios. La noticia corrió boca a boca y miles de sanjuaninos corrieron a buscar un ejemplar.

Habíamos aprendido una lección: es el público quien dice qué noticia es importante y cuál no le interesa.

 

Pero las sorpresas no sólo pasaban por la cantidad de ejemplares.

En aquellos años Internet no había llegado por estos lados.

Cada jueves teníamos que estar a las 3 de la tarde con los originales de las páginas y las fotos en Mendoza. A esa hora comenzaba el trabajo de fotomecánica y montaje de astralones. A las cinco se copiaban las planchas y poco después comenzaba el tiraje en la rotativa.

Por más que nos prometiéramos una y mil veces cerrar temprano la edición, siempre llegaba la 1 de la tarde y aun estábamos cambiando un título o corrigiendo una nota.

Generalmente era la una y media cuando partía en mi Ford Taunus para Mendoza.

 

 

El jueves 29 de mayo fue un día inolvidable.

Íbamos a imprimir nuestra tercera edición y a las 3,10 estacionaba en la puerta del diario y bajaba con un gran forro de cuero que habíamos hecho confeccionar para llevar dentro los originales.

Los muchachos de Los Andes ya estaban esperando.

-Disculpen la demora pero había mucho tránsito...

Sólo sonrieron. Eran hombres del oficio y sabían que siempre la redacción entrega más tarde de lo estipulado.

-Acá tienen todo. Me voy a comer un sandwich a la esquina y ya vuelvo.-, les dije mientras les dejaba el sobre.

A las tres y media veo entrar a la confitería a uno de los operarios.

-Sanjuanino, hay problemas.

-¿Qué pasa?

-Falta una página.

-¿Cómo?

-Sí, no encontramos la página 8.

 

 

Ni pregunté cuanto era. Dejé cinco pesos sobre la mesa y corrí hacia el diario.

Efectivamente: la página 8 no había llegado.

Tomé el teléfono y llamé a Eduardo a su casa.

-Eduardo, sonamos. La página 8 se quedó en San Juan. No vamos a poder imprimir.

-Esperá... Yo me voy al diario a ver si está allá. Andá averiguando hasta cuando pueden esperar esa página.

Pregunté al jefe de fotomecánica:

-¿Hasta qué hora pueden esperar por la página?

-No más de las cinco. No te olvidés que a las 7 tiene que estar todo terminado porque imprimimos los suplementos de Los Andes.

 

 

Tres minutos después sonó el teléfono. Era Eduardo.

-Encontré la página. La habían dejado pegada detrás de la puerta.

Teníamos la costumbre de ir pegando con cintex, en las paredes, las páginas que estaban terminadas para, de esa forma, tenerlas a la vista. ¡Justo a alguien se le ocurrió pegar una en la puerta que, al abrirse, escondió la página!

-Son las cuatro menos diez. Ya no tenemos tiempo.

-Vos tratá de demorarlos diez minutos. La página va a llegar.

Respiré hondo y opté por mentir:

-Ya se habían dado cuenta. Hace media hora que la página salió de San Juan. A las cinco estará acá.

-¡Te salvaste sanjuanino!

Sonreí. ¡Qué iba a hacer!

 

 

Sentía sobre mí el peso del mundo.

Pensaba qué podía decir para estirar media hora el comienzo de la impresión.

La sorpresa fue cuando tres minutos antes de las cinco veo entrar a Eduardo a la gran sala de fotomecánica.

No lo podía creer. Sólo habían pasado 65 minutos desde que hablamos por teléfono.

-¿Como lo hiciste?

-Vine en avión.

-¿En avión?

En ese momento veo entrar al "Nito" Mascarell, primo nuestro y corredor de autos.

Eduardo le había llamado, le explicó el problema y cinco minutos después estaban en la ruta, a bordo del IAVA que Nito tenía preparado para correr.

¡En 55 minutos hicieron el viaje!

Hoy lo veo a la distancia y pienso:

-¿Sabrá la gente qué hay detrás de una empresa?

La plata es importante. Los conocimientos también. Pero no son suficientes. La plata, la tecnología, los conocimientos son como una ensalada sin aliño.

Hay que ponerle además mucho amor, mucha pasión, mucha transpiración, mucho riesgo, hasta de la propia vida para que la cosa funcione. Y revolver lento, lento, lento... hasta que cada cosa se impregne del fuego sagrado que reclama toda obra humana.
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