Los conversadores constituyen una raza muy especial. Son seres con una capacidad infinita para de cualquier palabra sacar un tema de charla. Llega un momento que abruman y son muchos los que desesperadamente tratan de huir de sus peroratas insulsas. No es fácil escapar de la catarata de palabras con que nutren sus existencias. Pero existen algunas posibilidades de lograrlo. Lea esta nota e intente poner en práctica estas posibilidades. Animo. Y mucho coraje.
Lo confieso: me causan admiración. Aunque personalmente me abruman.
Estoy hablando de los conversadores. Esa raza tan especial de hombres y mujeres con una capacidad infinita para sacar un tema de conversación –en realidad un monólogo- del más trivial comentario.
Todos conocemos algún familiar o amigo con esas características.
Son
a los que uno les dice buen día y tiene
que estar preparado porque durante los siguientes 5 minutos van a hablar del
día, del tiempo, de los 18 grados bajo cero que hacen en la
Antartida.
Pero
enseguida enganchan con otro tema. Y el monólogo sigue.
Uno de los temas preferidos en todos los conversadores cuasi profesionales son los referidos a la salud.
Del tiempo pasan a lo mal que les hace la humedad a los huesos. Y son otros cinco o seis minutos hablando de reumatismo, artritis, artrosis y osteoporosis.
A esta altura van más de diez minutos de charla –monólogo-
y usted no ha tenido que decir nada. Pero ya comienza a
abrumarse.
Ocurre
que generalmente hablan de temas que sólo a ellos les interesan. Y uno a esta
altura no sabe si es mejor seguir callado u opinar algo.
¡Por favor! ¡Ni se le ocurra mencionar a un médico
especialista en huesos! Ese tema, el de los médicos, es una de las
especialidades de los conversadores y puede llevarles diez o quince minutos,
casi sin respirar, sin un punto aparte, sin un punto y coma, ¡qué digo! sin tan
siquiera una mísera coma.
Ahora
bien: nadie aguanta la perorata insustancial de estos conversadores durante 20
minutos.
¿Cuáles son las alternativas?
Tiene que buscar urgente una escapatoria, porque ya
nuestro/a charlista seguramente enganchó con el tema de las obras sociales o de
la sorpresa que Estados Unidos tenga un presidente
negro.
Una
posibilidad es que la suerte acuda en su ayuda y, por ejemplo, suene su teléfono
celular y usted deba atender.
En ese caso trate de demorar al máximo la charla.
No vaya a decirle que habla con Belén, con Ernesto o con Laura.
Inmediatamente el conversador/a intentará que usted le envíe saludos y hasta de ser parte de la charla.
Usted simplemente, haga como que la conversación sigue con esa persona desconocida.
El conversador/a no aguanta mucho sin hablar y seguramente
se cansará y buscará otra víctima.
Pero
si el teléfono no viene en su ayuda sólo le queda la posibilidad de decir, con
absoluta convicción, interrumpiendo al conversador y elevando el tono de la
voz:
-¡Perdoname! ¿Me había olvidado que hace quince minutos debí tomar un medicamento que no puedo interrumpir. Después te veo, chau….
Oiga, en este punto es obligatorio irse lo más rápido posible. Aunque pase por mal educado y la otra persona siga hablando sola un rato.
Si no demuestra absoluta resolución el conversador no lo
soltará agregándole comentarios de los que le será muy difícil
desligarse.
El
problema es cuando el conversador/a le toca a usted de vecino de asiento en un
viaje a en ómnibus de varias horas. Por ejemplo, un viaje de 14 horas a Buenos
Aires.
No me diga que usted, en estos casos, se hace el que lee o duerme.
No, eso no funciona. Lo mismo interrumpirá lo que usted
esté haciendo con un comentario sobre el viaje, el paisaje o el vehículo que lo
transporta.
Si
tiene la suerte de viajar en el asiento del pasillo, tiene una escapatoria
transitoria. El
baño.
Esa ida al baño le permitirá refrescarse, estirar las piernas y, especialmente, ver si hay algún asiento desocupado lejos de su vecino.
Si encuentra ese asiento, quédese allí sin remordimientos.
Está científicamente comprobado que nadie puede aguantar doce horas de charla de
un conversador/a.
Si
todos los asientos están ocupados no tiene que otra alternativa que hablar con
la azafata y decirle:
-Señorita… ¿No tiene un sedante lo más fuerte posible? Estoy muy nervioso y necesito dormir.
Si por esas casualidades la azafata le dice que sí, que tiene un sedante lo suficientemente fuerte, pídale dos pastillas. O mejor tres.
Usted dirá: ¿qué va a hacer con tres sedantes? Eso es para que un caballo duerma tres días…
Es verdad. Usted vuelva a su asiento y tendrá ante si dos
opciones.
La
primera, tomárselas usted. Soñará doce horas que alguien habla a su lado pero al
menos no tendrá que prestar atención a lo que dice.
La segunda opción es más interesante: tratar que su vecino/a de asiento se tome los sedantes.
¿Cómo?
Una forma puede ser engañándola y diciendo que las trajo de Estados Unidos y son un medicamento nuevo especial para viajeros pues está comprobado que un viaje largo sentado puede causar la muerte en forma imprevista.
Le aseguro que casi todos los conversadores son
hipocondríacos.
Pero
si en este caso tiene la mala suerte que no quiera tomarla, trate de colocarle
las pastillas en la cena o en la bebida.
Si logra su objetivo, habrá ganado la batalla.
El problema es si su hablador/a habla dormido.
Ante eso ya nada podrá hacer.
Le deseamos que sobreviva cuando llegue a Retiro.