Lo importante, mis amigos, es nombrar a cada uno por su nombre.Es una forma de decirle -Ya sé quién sos, me da gusto conocerte.Últimamente estamos avanzando en la materia.Uno llama a una empresa y escucha:-Buenos días, usted se ha comunicado con Televisora del Sur, habla Daniela.O va a la carnicería y el carnicero tiene el nombre en el guardapolvo, como lo tiene el mozo en su uniforme o mis nietos en el delantal con el que van al jardín de infantes.A partir de ese momento, lo correcto es llamar a cada uno por su nombre, sepultando definitivamente el pretencioso “don” o los “padre”, “madre”, “abuelo” o “tio” que suenan patéticos.Y dejemos de lado la utilización de los Dr. Mgter, Lic, Ing. Tec. que en el trato familiar suenan tan aristocráticamente ridículos como patéticos son los que califican a la gente por sus particulares visiones de la juventud o la vejez.

De pronto nos salen parientes en todas partes.
—¿Le cuido el auto, tío?

—¿La atendieron, madre?

—¿Va a llevar mandarinas, abuelo?

—¿Cómo andás, hermano?

—¡Cuidate, viejito!

 

También surgen subalternos.

—¿Le lustro, jefe?

 

O admiradores.

—¡Qué hacés, campeón!

A todos ellos mi padre les respondía:

—Juan, me llamo Juan. Y si no quiere llamarme por mi nombre, dígame señor.

Tal vez sea una moda. O sólo producto de la ignorancia.

Pero realmente resulta molesto cuando un vendedor, un mozo, o cualquier desconocido, nos dice madre, tío o abuelo.

Digámoslo claramente: yo soy abuelo de mis nietos, tío de mis sobrinos, padre de mis hijos, no tengo el cargo de jefe y nunca salí campeón a nada.

Esto es tan absurdo como cuando alguien me presenta diciendo:

—El papá de Mariano. (o el papá de cualquiera de mis hijos)

Tan absurdo como cuando presentan a Mariano diciendo:

—El hijo de Juan Carlos.

Es hora que entendamos y se lo hagamos entender a los más lentos, que cada uno de nosotros tiene nombres y apellidos. Y que lo lógico, si queremos hacer referencia al parentesco, es que digamos “te presento a Juan Carlos, que es papá de Mariano” o a “Mariano, que es hijo de Juan Carlos”.

 

Muchos de estos absurdos nacen del mal periodismo.

Uno lee o escucha:

—Los abuelos del Hogar de Ancianos….

También podemos leer:

—Los abuelos que van a cobrar sus jubilaciones…

 

¡Ignorantes!

En el Hogar de ancianos se alojan ancianos no abuelos. Algunos tendrán nietos pero ese no es el requisito para vivir allí.

Y los que cobran la jubilación son jubilados no abuelos. A nadie le dan una jubilación por ser abuelo.

—Es más cariñoso decirles así—, me dijo una colega.

No, mi amiga, es simplemente ignorancia.

 

Otra “moda” de cierto periodismo es clasificar por edades a las personas.

—Un joven de 39 años fue atacado por una patota—, dicen las crónicas policiales.

—Un anciano de 68 años fue atropellado—, agregan otras.

Para ese tipo de periodistas, una persona de 39 años es “un joven” y una persona de 68 años es “un anciano”.

¡Han hecho desaparecer a los adultos!

Casi se pasa sin intervalo de la juventud a la ancianidad.

En estas elecciones escuchaba a un político decir:

—Nosotros los jóvenes…

Y el “joven político” tenía ya 42 años.

Ni siquiera pensó que Del Carril fue gobernador con 24 años, que Anacleto Gil asumió con 28, que Federico Cantoni lo hizo con 33 y que Américo García y Jorge Escobar tenían 38 años cuando llegaron a la gobernación.

Tampoco piensan que Buenaventura Luna murió con 49 años tras dejar una gran obra o que Mariano Moreno falleció con 32 tras haber integrado la primera junta patria.

Por el contrario, Konrad Adenauer fue canciller de Alemania con 86 años y Nelson Mandela fue el primer presidente negro elegido democráticamente en Sudáfrica, a los 76 años.

 

Le pregunto a una psicóloga porqué hay gente que no puede mencionar a una persona sin agregarle un calificativo por la edad.

—Es muy sencillo, en el inconciente, le temen a la muerte. Esto es común en gente que se acerca a los 40 años.

—¡No diga!

—Por eso, ese tipo de personas habla de jóvenes de 40 años, como si se tratara de bebé de pechos y no de hombres hechos y derechos que ya llevan 15 o 20 años de recibidos, son casados, tienen hijos y algunos hasta pronto serán abuelos.

—¿Y por qué llaman ancianos, sexagenarios o sencillamente viejos a quienes pasan los 60?

—Lo hacen como una forma de marcar diferencia con ellos. Es como decir, “yo soy joven y no me voy a morir”.

Si nuestra amiga psicóloga tiene razón, el periodismo está superpoblado de temerosos a la muerte.

 

En los últimos años, se está tratando de imponer el “don” como título casi de nobleza.

Antes se le decía “don Pedro” o “don Luis” a cualquier persona mayor, como tratamiento de respeto.

Por ahí alguno decía en la calle, “¡oiga, don!”, no como respeto sino porque no le conocía el nombre.

En la mafia, en cambio, el título de “don” está reservado a los jefes de familia, los “cappomafia”. Por eso cada familia tiene un solo “don”, el “don”.

¿Será de ahí que ahora en San Juan tenemos cuatro o cinco “dones” a los que el periodismo no puede mencionar sin agregarle la palabra “don”?

 

A toda esta pléyade se agregan los que adosan a su nombre el título académico que utilizan. Muchas veces se trata de títulos usurpados pues no se corresponde con el que obtuvieron en la universidad.

Llaman por teléfono y dicen “habla el doctor Pedro Esquivel”, “habla la magíster Laura Reales”.

La gente verdaderamente famosa o importante, nunca dice los títulos que posee.

¿Se imagina escuchar que “habla el doctor Obama”, o “el doctor Che Guevara”?

Sonaría absurdo.

Sin embargo, en esta modesta ciudad nuestra, hay gente que quiere marcar la cancha invocando un título que en realidad lo habilita para desarrollar una profesión o trabajo pero no para diferenciarse socialmente.

 

 

Lo importante, mis amigos, es nombrar a cada uno por su nombre.

Es una forma de decirle

—Ya sé quién sos, me da gusto conocerte.

Últimamente estamos avanzando en la materia.

Uno llama a una empresa y escucha:

—Buenos días, usted se ha comunicado con Televisora del Sur, habla Daniela.

O va a la carnicería y el carnicero tiene el nombre en el guardapolvo, como lo tiene el mozo en su uniforme o mis nietos en el delantal con el que van al jardín de infantes.

A partir de ese momento, lo correcto es llamar a cada uno por su nombre, sepultando definitivamente el pretencioso “don” o los “padre”, “madre”, “abuelo” o “tio” que suenan patéticos.

Y dejemos de lado la utilización de los Dr. Mgter, Lic, Ing. Tec. que en el trato familiar suenan tan aristocráticamente ridículos como patéticos son los que califican a la gente por sus particulares visiones de la juventud o la vejez.

 

 

Compartir