Hay un San Juan nuevo.
Es innegable.
Pero si queremos crecer y progresar como sociedad es imprescindible que a ese San Juan nuevo le demos contenido.Y para lograrlo debemos comenzar por terminar con el mito de que una gran obra nos salva a todos.

Igual que en muchos aspectos progresamos, es hora que asumamos nuestros defectos. Valoremos, sí, nuestras virtudes pero con humildad nos ubiquemos en la real estatura que tenemos en la Argentina y  en el mundo.

Dejemos de actuar como esos intelectuales cargados de soberbia que hablan desde el pedestal de sus  conocimientos sin advertir que sólo representan al 2 o 3 por ciento de la población y toda la erudición no les permitió poner en marcha la más modesta de las empresas.

La inteligencia que le sirve a una sociedad no es la de los eruditos.

La que realmente sirve es la inteligencia distribuida.

La inteligencia que encontramos en cada uno de los que poblamos este territorio.

No alcanza con la gran obra del Hospital Rawson. Necesitamos médicos y trabajadores de la salud dispuestos a ser cada día mejores si queremos una salud de excelencia.

No es suficiente que se radiquen megaempresas mineras. Necesitamos que San Juan desarrolle miles de pequeñas empresas para que buena parte de la riqueza y los empleos queden en la provincia.

No basta tener dos universidades si no contamos con docentes actualizados, de prestigio, capaces de investigar y enseñar al nivel de las grandes universidades del mundo.

 

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Repitámoslo hasta el hartazgo: la inteligencia como sociedad no está en los eruditos sino en la aplicación de los conocimientos. Y esta es una tarea que compete al empresario, al obrero, al docente o al mozo de un restaurante.

Y a esa inteligencia agreguémosle una dosis de inconformismo.

Sólo el inconformismo nos empuja a preguntarnos si lo que estamos haciendo no se puede hacer mejor.

San Juan debe imponerse una cultura del inconformismo, del sacrificio, de la búsqueda de la optimización.

Se precisa que se nos haga a todos una segunda naturaleza.

Una cultura que nos haga preguntarnos cómo hacemos para utilizar mejor el agua y poner en funcionamiento 50 o 100 mil hectáreas más.

Una cultura que nos haga ver que un producto –agrícola, minero, industrial- vale mucho más si sale de San Juan terminado.

Todo, absolutamente todo, se puede hacer hoy un poco mejor que ayer.

Desde tender la cama de un hotel a desarrollar un software, desde dictar clases en una universidad a ofrecer un vino en un restaurante.

Necesitamos una epidemia de inconformismo.

Una epidemia que invada a todos los sectores, que se irradie desde el centro del poder hasta el último barrio, el último departamento.

Pero no el inconformismo declamativo, el del que se opone a todo.

Necesitamos un inconformismo creativo, coherente, positivo.

 

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Esta no es una receta inédita.
Es la receta que ha permitido a un país pequeño como Finlandia, tener la considerada mejor educación del mundo y vender millones de teléfonos Nokia.

Es lo que ha posibilitado que un país minúsculo como Suiza venda precisión, aunque en su pequeñísimo territorio seis millones de habitantes hablen tres idiomas distintos.

O que Suecia, un pequeño país sumido en el polo, produzca los automóviles Volvo, considerados los más seguros del mundo.

En resumen: hemos dado un gran paso.

Pero falta que en cada uno de nosotros se produzca el “click” que nos permita encarar lo que falta. Que no es poco.

 

 

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