La municipalidad de la Capital y la Legislatura distinguieron a vecinos y ciudadanos ilustres. Nueve de los 16 están muertos… Y no figura ninguna mujer.
Lo que ha ocurrido en estos días en San Juan, nos pinta como sociedad.
Le cuento:
* El miércoles 12 la municipalidad de la ciudad de San Juan distinguió a diez vecinos ilustres de la ciudad.
Una distinción importante y que quien esto escribe recibió hace algunos años.
Pero fíjese lo que son las cosas:
>De los diez distinguidos, cinco ya fallecieron: Pablo Ramella, José Amadeo Conte Grand, Santos Alvarez, Armando Parisí y monseñor López Soler.
* Un día antes la Cámara de Diputados distinguió a seis destacados sanjuaninos como ciudadanos ilustres de la provincia de San Juan.
Y anote otra vez:
>De los seis distinguidos, cuatro ya fallecieron: Oscar Kumel, Dante Gómez, Ricardo Prieto y Juan Argentino Petracchini
En pocas palabras, de 16 distinguidos, nueve ya fallecieron.
Dejemos algo en claro: todas las distinciones están fundadas y quienes las han recibido son merecedores de ellas.
Pero yo le apuntaría un par de cosas:
1 – Entre los 16 vecinos y ciudadanos ilustres, no hay una sola mujer. El machismo sanjuanino en su máxima expresión.
En esta provincia donde la mujer votó 25 años antes que el resto del país, donde tuvimos la primera mujer legisladora de América Latina, donde cada año egresan de las universidades más abogadas, médicas y en general más profesionales mujeres que hombres, ¡¡¡no hay una mujer para distinguir!!!
La verdad, me da un poco de vergüenza de género.
2 – El hecho que se elija a más muertos que vivos es otra característica sanjuanina: premiar a la gente cuando se muere, se jubila o está enferma.
Esto no es nuevo. Viene de lejos.
Pero no por repetido deja de indignarme, cada vez que se reproduce.
Es entonces cuando yo quisiera decir:
Señores:
El ser humano necesita que se lo reconozca cuando lo merece, cuando está produciendo, cuando está vivo, cuando está en condiciones de proyectar, de amar, de crear. Son caricias para el alma que reconfortan, que ayudan a luchar, a vivir.
¿Qué sentido tiene esperar a que se jubile, esté enfermo o muerto para decirle te felicito, muy bueno lo tuyo?
Los sanjuaninos en particular pero en general los argentinos, por alguna extraña razón somos necrófagos.
Nos encanta todo lo que tiene que ver con la muerte. Llegamos a alimentarnos de ella.
Esta costumbre de celebrar la muerte nos viene de lejos.
Le diría que antes fue peor.
>Hace medio siglo el dolor se expresaba en inmensas cintas negras, sombreros negros y vestidos negros, como señal de luto.
>Hasta no hace mucho, las famosas lloronas, formaban parte del rito mortuorio.
Eran, podríamos decir, el centro –junto con el difunto, por supuesto- de una ceremonia que aun hoy puede verse en hogares con menor instrucción.
Contaban los abuelos que mientras más “lloronas” tuviera el velorio, más importante era el muerto.
En algunos casos se las contrataba.
En otros, actuaban de oficio.
Sigamos:
>El dia del maestro no se celebra la fecha que nació Sarmiento sino cuando murió.
Nos tomamos feriado no cuando San Martín ganó una batalla o el día que nació sino el 17 de agosto, cuando murió.
El día de la bandera coincide con la muerte de Belgrano.
>El “día de los muertos” concurren multitudes a los cementerios, mientras los floristas hacen su negocio. Como si al ser querido que ya se fue le importara más una flor que el recuerdo por lo que fue.
>Este amor por lo inevitable nos lleva a que mucha gente pague durante toda su vida el nicho y el sepelio, aunque no tenga casa donde vivir.
>A que mucha gente piense en colocar el aviso fúnebre, antes de saber donde velarán al fallecido.
>Y como si eso fuera poco, están los especialistas en leer esos Avisos fúnebres. Son los que cada día invierten diez o quince minutos porque quieren saber no quién murió sino quienes participan, quienes “se hicieron los tontos con el aviso” o “¿quién esa extraña mujer que aparece en el fúnebre quinto de la segunda columna?”.
Por supuesto, mientras más avisos tenga, más importante es el muerto.
>El amor por las necrológicas constituye todo un género literario pues se intenta reconocer en el fallecido todas las virtudes que se le quiso ignorar en vida pero que –esto también es muy sanjuanino- de ex profeso siempre se les negó.
En San Juan, nadie es profeta en vida… hasta que muere.
Qué lindo será el día en que en lugar de tanta necrofagia aprendamos a reconocer las virtudes de la gente en vida, a darnos un abrazo porque nos alegra una presencia, a felicitar o saludar al amigo con un llamado telefónico, a alegrarnos con el éxito ajeno, a decir te quiero cuando queremos decirlo…!
En defínitiva, cuando aprendamos a celebrar la vida y consideremos a la muerte simplemente como el último acto de vivir.
Le cuento:
* El miércoles 12 la municipalidad de la ciudad de San Juan distinguió a diez vecinos ilustres de la ciudad.
Una distinción importante y que quien esto escribe recibió hace algunos años.
Pero fíjese lo que son las cosas:
>De los diez distinguidos, cinco ya fallecieron: Pablo Ramella, José Amadeo Conte Grand, Santos Alvarez, Armando Parisí y monseñor López Soler.
* Un día antes la Cámara de Diputados distinguió a seis destacados sanjuaninos como ciudadanos ilustres de la provincia de San Juan.
Y anote otra vez:
>De los seis distinguidos, cuatro ya fallecieron: Oscar Kumel, Dante Gómez, Ricardo Prieto y Juan Argentino Petracchini
En pocas palabras, de 16 distinguidos, nueve ya fallecieron.
Dejemos algo en claro: todas las distinciones están fundadas y quienes las han recibido son merecedores de ellas.
Pero yo le apuntaría un par de cosas:
1 – Entre los 16 vecinos y ciudadanos ilustres, no hay una sola mujer. El machismo sanjuanino en su máxima expresión.
En esta provincia donde la mujer votó 25 años antes que el resto del país, donde tuvimos la primera mujer legisladora de América Latina, donde cada año egresan de las universidades más abogadas, médicas y en general más profesionales mujeres que hombres, ¡¡¡no hay una mujer para distinguir!!!
La verdad, me da un poco de vergüenza de género.
2 – El hecho que se elija a más muertos que vivos es otra característica sanjuanina: premiar a la gente cuando se muere, se jubila o está enferma.
Esto no es nuevo. Viene de lejos.
Pero no por repetido deja de indignarme, cada vez que se reproduce.
Es entonces cuando yo quisiera decir:
Señores:
El ser humano necesita que se lo reconozca cuando lo merece, cuando está produciendo, cuando está vivo, cuando está en condiciones de proyectar, de amar, de crear. Son caricias para el alma que reconfortan, que ayudan a luchar, a vivir.
¿Qué sentido tiene esperar a que se jubile, esté enfermo o muerto para decirle te felicito, muy bueno lo tuyo?
Los sanjuaninos en particular pero en general los argentinos, por alguna extraña razón somos necrófagos.
Nos encanta todo lo que tiene que ver con la muerte. Llegamos a alimentarnos de ella.
Esta costumbre de celebrar la muerte nos viene de lejos.
Le diría que antes fue peor.
>Hace medio siglo el dolor se expresaba en inmensas cintas negras, sombreros negros y vestidos negros, como señal de luto.
>Hasta no hace mucho, las famosas lloronas, formaban parte del rito mortuorio.
Eran, podríamos decir, el centro –junto con el difunto, por supuesto- de una ceremonia que aun hoy puede verse en hogares con menor instrucción.
Contaban los abuelos que mientras más “lloronas” tuviera el velorio, más importante era el muerto.
En algunos casos se las contrataba.
En otros, actuaban de oficio.
Sigamos:
>El dia del maestro no se celebra la fecha que nació Sarmiento sino cuando murió.
Nos tomamos feriado no cuando San Martín ganó una batalla o el día que nació sino el 17 de agosto, cuando murió.
El día de la bandera coincide con la muerte de Belgrano.
>El “día de los muertos” concurren multitudes a los cementerios, mientras los floristas hacen su negocio. Como si al ser querido que ya se fue le importara más una flor que el recuerdo por lo que fue.
>Este amor por lo inevitable nos lleva a que mucha gente pague durante toda su vida el nicho y el sepelio, aunque no tenga casa donde vivir.
>A que mucha gente piense en colocar el aviso fúnebre, antes de saber donde velarán al fallecido.
>Y como si eso fuera poco, están los especialistas en leer esos Avisos fúnebres. Son los que cada día invierten diez o quince minutos porque quieren saber no quién murió sino quienes participan, quienes “se hicieron los tontos con el aviso” o “¿quién esa extraña mujer que aparece en el fúnebre quinto de la segunda columna?”.
Por supuesto, mientras más avisos tenga, más importante es el muerto.
>El amor por las necrológicas constituye todo un género literario pues se intenta reconocer en el fallecido todas las virtudes que se le quiso ignorar en vida pero que –esto también es muy sanjuanino- de ex profeso siempre se les negó.
En San Juan, nadie es profeta en vida… hasta que muere.
Qué lindo será el día en que en lugar de tanta necrofagia aprendamos a reconocer las virtudes de la gente en vida, a darnos un abrazo porque nos alegra una presencia, a felicitar o saludar al amigo con un llamado telefónico, a alegrarnos con el éxito ajeno, a decir te quiero cuando queremos decirlo…!
En defínitiva, cuando aprendamos a celebrar la vida y consideremos a la muerte simplemente como el último acto de vivir.