Vándalos siempre hubo. No es, entonces, un problema de “la modernidad”.
¿O acaso en medio de la tragedia del terremoto de 1944, con miles de muertos bajo los escombros, con decenas de miles de heridos clamando por ayuda, con la ciudad en ruinas, no habían algunos que se dedicaban al pillaje?
Insistimos: vándalos siempre hubo.
Pero hoy corremos un riesgo mayor: que los vándalos se transformen en dueños de la ciudad.
Y esto puede ocurrir porque hay gente que cierra los ojos. Y otros, lisa y llanamente, son cómplices de lo que ocurre.


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Farolas rotas en las avenidas, canastos municipales para basura hechos pedazos, jovencitos que pasan en las madrugadas a los gritos y pateando los tachos de basura o las bolsas de plástico, autos rayados, basura tirada en cualquier parte, juegos de las plazas destrozados, frentes escritos con aerosoles...
¿Qué significa todo esto? ¿El regreso a los tiempos de la barbarie? ¿El fracaso de la educación escolar y familiar? ¿El síntoma más evidente de broncas acumuladas en la población? ¿La extensión, bajo otras formas, de los atentados contra el bien común del que han hecho gala no pocos delincuentes de guante blanco encaramados en el poder?
Que lo expliquen los sociólogos y los sicólogos sociales.
Pero nosotros vamos a elaborar nuestra propia hipótesis. Aunque puede haber una mezcla de todo esto, estamos convencidos que hay una causa principal: vivimos en una sociedad donde reina la impunidad.
Y, lo que es más grave, una impunidad que en este caso responde a ideologías, tonteras y populismo.


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De a poco, hemos ido creando una cultura de que estos hechos vandálicos, que a todos nos afectan, que disminuyen nuestra calidad de vida, “son cosas de niños”. Nadie los denuncia. Y si los denuncia, nadie hace nada.
Si son menores los autores, se nos dice que son inimputables. Lo cual no es cierto. Porque este tipo de delitos no debe pagarse con cárcel. Debe resarcirse con dinero.
Entonces se nos argumenta: “La mayoría son perpretados por chicos de las villas”.
¿Y qué tiene que ver? ¿Acaso un certificado de pobreza representa carta blanca para cometer actos de vandalismo?
Para que estos hechos terminen es imprescindible terminar con la impunidad. Identificados los autores, deben pagar los destrozos. Y si son menores, deben hacerlo los padres. Y si no tienen dinero, deben devolver el valor del daño que produjeron, con trabajos para la comunidad.


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No nos engañemos. Esto no se resuelve con más policías, serenos o guardianes. Se resuelve con penas.
¿Cuánto vale un banco de una plaza? ¿300 pesos? Quienes lo rompieron deberán pagar 600 pesos. Y si no pueden pagar, los autores o los padres por no tener ingresos, deberán trabajar sesenta días haciendo monda de acequias, limpiando banquinas, plantando árboles.
Esta es la única forma de lograr que la misma familia se transforme en un factor de contención para tanta idiotez concentrada en mentes, que pueden ser jóvenes pero que están enfermas.


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Para los tribunales de faltas es más lucrativo concentrar sus esfuerzos en multar automovilistas. Rinde más dinero. Pero esto que estamos viendo con el espacio público es mucho más peligroso que tener un foquito del auto quemado.
Pero ¡claro!, ya saldrán los demagogos a decir que no tiene sentido exigir pagos por destrozos a una familia no pudiente y cosas por el estilo. Lo grave, señores, es que el sentimiento de impunidad, cuando se adentra en una sociedad, rompe con las normas de convivencia.
Por estos demagogos la policía tampoco puede exigir un ojo de gato a un ciclista —que puede salvarle la vida— porque “¿cómo se le va a quitar un medio de movilidad a un pobre tipo?” Claro, es preferible —con este criterio— que lo mate un auto o un camión.


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Toda esta demagogia barata que se ha instalado en nuestra dirigencia —como los naylon y los postes que entregaban para que se construyeran “viviendas” en terrenos ocupados— están haciendo una ciudad donde la caída de la calidad de vida es alarmante, donde si no pagamos dos pesos para que “nos cuiden el auto” corremos el riesgo que nos rompan un vidrio, donde un muchachón en una moto puede a las 2 de la mañana, andar a cien kilómetros por hora en el centro de la ciudad, donde muchas fiestas juveniles terminan con cabezas rotas a botellazos...
¿Hasta cuándo?

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