Vándalos siempre hubo.
La delincuencia existió en todas las épocas.
La violencia, expresada de mil formas, no es patrimonio de esta generación.
No son, entonces, problemas de “la modernidad”.
¿O acaso en medio de la tragedia del terremoto de 1944, con miles de muertos bajo los escombros, con decenas de miles de heridos clamando por ayuda, con la ciudad en ruinas, no había algunos que se dedicaban al pillaje?
¿Alguien piensa que en San Juan no existió violencia en la política, en el trato de los esclavos, en la trata de blancas?
Y ni hablar del vandalismo. Esta ciudad nuestra sufrió invasiones en más de una oportunidad, con su secuela de robos, violaciones, destrozos, asesinatos.
Insistimos: no estamos ante problemas de la modernidad.
Pero hoy corremos un riesgo mayor: que los vándalos, los delincuentes y los violentos se transformen en dueños de la ciudad.
Y esto puede ocurrir porque hay gente que cierra los ojos.
Y porque otros, lisa y llanamente, son cómplices de lo que ocurre.
*¿Alguien puede dudar que es vandalismo lo que está ocurriendo en las escuelas con bandas que entran de noche o los fines de semana, destrozan vidrios y sanitarios, pintan leyendas agresivas ú obscenas y hasta defecan en las aulas?
*¿Estamos definitivamente condenados a soportar que medio centenar de desaforados autollamados barrabravas, arruinen los espectáculos deportivos, destrocen estadios y se enfrenten con la policía? ¿Nos alcanza con aplaudir al presidente de Independiente por enfrentar a delincuentes disfrazados de hinchas?
*¿Podemos continuar viviendo en un estado de sobresalto permanente, temerosos que los motochorros nos roben y nos lastimen con total impunidad?
*¿Alguien piensa que es casualidad que todos los días sean asaltados en la calle o en sus casas gente que ha cobrado un retroactivo o vendido un auto o que tiene algunos ahorros? Y lo que es peor aún, que aunque se detenga a los ladrones nunca se recupere la plata?
*¿Podemos continuar observando pasivamente el accionar de quienes utilizan las paredes de edificios públicos o privados como carteles para expresar su odio, su amor o su estupidez congénita disfrazada de graffiti pseudo ingenioso?
*¿Puede considerarse buena la calidad de vida de una ciudad en la que los frentes de las casas han sido modificados mediante paredones o rejas por temor a los asaltos, donde las estatuas están enrejadas en la misma Plaza 25 de Mayo para evitar el vandalismo y el robo de placas, donde las plazas se han quedado sin juegos para niños?
*¿Quién no observó en las rutas el lamentable estado de las señales? Algunas fueron arrancadas. Otras usada de blanco para practicar puntería con balas o piedras. La mayoría, rayoneadas con aerosoles.
*¿Quién no se encontró con la sorpresa de un rayón de punta a punta del, auto hecho con una moneda mientras estaba estacionado?
*¿Es lógico que cinco personas corten una calle o una ruta como forma de protesta por temas absolutamente personales mientras la policía los mira con pasividad y hasta les facilita la tarea cortando el tránsito en desmedro de los derechos de miles de transeúntes que nos movilizamos para trabajar o estudiar?
¿Qué significa todo esto? ¿El regreso a los tiempos de la barbarie? ¿El fracaso de la educación escolar y familiar? ¿El síntoma más evidente de broncas acumuladas en la población? ¿La extensión, bajo otras formas, de los atentados contra el bien común del que han hecho gala no pocos delincuentes de guante blanco en el poder?
Que lo expliquen los sociólogos y los psicólogos sociales.
Nosotros vamos a elaborar nuestra propia hipótesis: vivimos en una sociedad donde reina la impunidad.
De a poco, hemos ido creando una cultura que considera que estos hechos vandálicos, que a todos nos afectan, esta delincuencia que amarga nuestra existencia, esta violencia que disminuye nuestra calidad de vida, “son cosas que ocurren en todas partes”, a las que hay que aceptar como el precio de vivir en democracia.
No señores.
Esto nada tiene que ver con la democracia ni con la modernidad.
Tampoco echemos toda la culpa a las drogas ni pensemos que todo es obra de “los villeros”.
Seamos sinceros.
Estamos tan anestesiados que ya ni siquiera denunciamos los hechos en la policía.
En primer lugar, porque sabemos que la policía poco o nada hará.
Que pocas veces atenderán nuestros llamados al 911. Que otras veces nos responderán desde Mendoza por fallas tecnológicas. Que si vamos personalmente, más de una vez tratarán de aconsejarnos que no hagamos la denuncia.
Pero además –y esto es grave-, porque estamos convencidos que si la policía detuviera a los vándalos o delincuentes, los jueces los dejarían libres en pocas horas.
Que en pocos minutos aparecerán abogados alegando que son menores, que no tienen antecedentes judiciales (aunque tenga veinte entradas a la policía), que el revólver era de juguete o que la policía actuó sin intervención del juez.
Y que aunque un juez dispusiera la detención del delincuente, la gente está convencida que jamás recuperará su dinero y que nadie reparará los destrozos de los vándalos.
¿Qué hacemos entonces?¿Estamos condenados, acaso, a convivir con vándalos, delincuentes y violentos? ¿Nos encerramos en las casas apenas oscurece y nos dedicamos a ver la televisión?
¿Aceptamos, pasivamente, que hemos perdido la batalla?
Los jueces dicen que no dan a abasto con los casos que tienen y que además ya no hay donde tener delincuentes porque la cárcel y hasta las comisarías están repletas.
La cárcel, por otra parte, sirve más como un lugar de castigo y prisión que para readaptar a los antisociales.
En una palabra: es el sistema el que ya no aguanta más.
Esto no se arregla con más patrulleros ni más armas ni bajando la edad de imputabilidad.
Tampoco es solución vivir enrejados, poner alarmas, jugar con estadios vacios, cerrar escuelas para que no las destrocen, contratar serenos o guardianes.
Es ridículo creer que la situación va a cambiar porque en una comisaría no acepten las denuncias para que no aumente la cantidad de delitos.
Hace falta una política integral.
La gente honesta, que trabaja, estudia, quiere vivir en paz, debe volver a sentirse contenida.
La policía debe volver a ser una institución confiable. La justicia debe ser creíble. La cárcel debe servir para rehabilitar a los antisociales. El estado de derecho debe dejar de ser una nebulosa donde las bibliotecas se dividen por mitades.
En una palabra: desalojemos la demagogia, la politiquería, la pseudosicología social que tanto daño ha hecho y pongamos manos a la obra.
Los procesos de degradación social son muy rápidos. No sería bueno que cada uno saliera a defenderse como pueda ni que pensemos que alcanza con actitudes aisladas.
Cerrar los ojos puede ser suicida...
La delincuencia existió en todas las épocas.
La violencia, expresada de mil formas, no es patrimonio de esta generación.
No son, entonces, problemas de “la modernidad”.
¿O acaso en medio de la tragedia del terremoto de 1944, con miles de muertos bajo los escombros, con decenas de miles de heridos clamando por ayuda, con la ciudad en ruinas, no había algunos que se dedicaban al pillaje?
¿Alguien piensa que en San Juan no existió violencia en la política, en el trato de los esclavos, en la trata de blancas?
Y ni hablar del vandalismo. Esta ciudad nuestra sufrió invasiones en más de una oportunidad, con su secuela de robos, violaciones, destrozos, asesinatos.
Insistimos: no estamos ante problemas de la modernidad.
Pero hoy corremos un riesgo mayor: que los vándalos, los delincuentes y los violentos se transformen en dueños de la ciudad.
Y esto puede ocurrir porque hay gente que cierra los ojos.
Y porque otros, lisa y llanamente, son cómplices de lo que ocurre.
*¿Alguien puede dudar que es vandalismo lo que está ocurriendo en las escuelas con bandas que entran de noche o los fines de semana, destrozan vidrios y sanitarios, pintan leyendas agresivas ú obscenas y hasta defecan en las aulas?
*¿Estamos definitivamente condenados a soportar que medio centenar de desaforados autollamados barrabravas, arruinen los espectáculos deportivos, destrocen estadios y se enfrenten con la policía? ¿Nos alcanza con aplaudir al presidente de Independiente por enfrentar a delincuentes disfrazados de hinchas?
*¿Podemos continuar viviendo en un estado de sobresalto permanente, temerosos que los motochorros nos roben y nos lastimen con total impunidad?
*¿Alguien piensa que es casualidad que todos los días sean asaltados en la calle o en sus casas gente que ha cobrado un retroactivo o vendido un auto o que tiene algunos ahorros? Y lo que es peor aún, que aunque se detenga a los ladrones nunca se recupere la plata?
*¿Podemos continuar observando pasivamente el accionar de quienes utilizan las paredes de edificios públicos o privados como carteles para expresar su odio, su amor o su estupidez congénita disfrazada de graffiti pseudo ingenioso?
*¿Puede considerarse buena la calidad de vida de una ciudad en la que los frentes de las casas han sido modificados mediante paredones o rejas por temor a los asaltos, donde las estatuas están enrejadas en la misma Plaza 25 de Mayo para evitar el vandalismo y el robo de placas, donde las plazas se han quedado sin juegos para niños?
*¿Quién no observó en las rutas el lamentable estado de las señales? Algunas fueron arrancadas. Otras usada de blanco para practicar puntería con balas o piedras. La mayoría, rayoneadas con aerosoles.
*¿Quién no se encontró con la sorpresa de un rayón de punta a punta del, auto hecho con una moneda mientras estaba estacionado?
*¿Es lógico que cinco personas corten una calle o una ruta como forma de protesta por temas absolutamente personales mientras la policía los mira con pasividad y hasta les facilita la tarea cortando el tránsito en desmedro de los derechos de miles de transeúntes que nos movilizamos para trabajar o estudiar?
¿Qué significa todo esto? ¿El regreso a los tiempos de la barbarie? ¿El fracaso de la educación escolar y familiar? ¿El síntoma más evidente de broncas acumuladas en la población? ¿La extensión, bajo otras formas, de los atentados contra el bien común del que han hecho gala no pocos delincuentes de guante blanco en el poder?
Que lo expliquen los sociólogos y los psicólogos sociales.
Nosotros vamos a elaborar nuestra propia hipótesis: vivimos en una sociedad donde reina la impunidad.
De a poco, hemos ido creando una cultura que considera que estos hechos vandálicos, que a todos nos afectan, esta delincuencia que amarga nuestra existencia, esta violencia que disminuye nuestra calidad de vida, “son cosas que ocurren en todas partes”, a las que hay que aceptar como el precio de vivir en democracia.
No señores.
Esto nada tiene que ver con la democracia ni con la modernidad.
Tampoco echemos toda la culpa a las drogas ni pensemos que todo es obra de “los villeros”.
Seamos sinceros.
Estamos tan anestesiados que ya ni siquiera denunciamos los hechos en la policía.
En primer lugar, porque sabemos que la policía poco o nada hará.
Que pocas veces atenderán nuestros llamados al 911. Que otras veces nos responderán desde Mendoza por fallas tecnológicas. Que si vamos personalmente, más de una vez tratarán de aconsejarnos que no hagamos la denuncia.
Pero además –y esto es grave-, porque estamos convencidos que si la policía detuviera a los vándalos o delincuentes, los jueces los dejarían libres en pocas horas.
Que en pocos minutos aparecerán abogados alegando que son menores, que no tienen antecedentes judiciales (aunque tenga veinte entradas a la policía), que el revólver era de juguete o que la policía actuó sin intervención del juez.
Y que aunque un juez dispusiera la detención del delincuente, la gente está convencida que jamás recuperará su dinero y que nadie reparará los destrozos de los vándalos.
¿Qué hacemos entonces?¿Estamos condenados, acaso, a convivir con vándalos, delincuentes y violentos? ¿Nos encerramos en las casas apenas oscurece y nos dedicamos a ver la televisión?
¿Aceptamos, pasivamente, que hemos perdido la batalla?
Los jueces dicen que no dan a abasto con los casos que tienen y que además ya no hay donde tener delincuentes porque la cárcel y hasta las comisarías están repletas.
La cárcel, por otra parte, sirve más como un lugar de castigo y prisión que para readaptar a los antisociales.
En una palabra: es el sistema el que ya no aguanta más.
Esto no se arregla con más patrulleros ni más armas ni bajando la edad de imputabilidad.
Tampoco es solución vivir enrejados, poner alarmas, jugar con estadios vacios, cerrar escuelas para que no las destrocen, contratar serenos o guardianes.
Es ridículo creer que la situación va a cambiar porque en una comisaría no acepten las denuncias para que no aumente la cantidad de delitos.
Hace falta una política integral.
La gente honesta, que trabaja, estudia, quiere vivir en paz, debe volver a sentirse contenida.
La policía debe volver a ser una institución confiable. La justicia debe ser creíble. La cárcel debe servir para rehabilitar a los antisociales. El estado de derecho debe dejar de ser una nebulosa donde las bibliotecas se dividen por mitades.
En una palabra: desalojemos la demagogia, la politiquería, la pseudosicología social que tanto daño ha hecho y pongamos manos a la obra.
Los procesos de degradación social son muy rápidos. No sería bueno que cada uno saliera a defenderse como pueda ni que pensemos que alcanza con actitudes aisladas.
Cerrar los ojos puede ser suicida...