No comenzó ayer.

Pero cada día es más evidente la falta de “profesionalismo” en muchas actividades.

Desde el recolector de basura que deja la mitad en la calle al profesor universitario que no actualiza sus conocimientos para poder enseñar.

Desde el empresario que ni siquiera lee las experiencias de otras partes del mundo, al productor que sigue cosechando 20 mil kilos por hectárea de tomate cuando, utilizando técnicas distintas podría obtener el doble, el triple y hasta cuatro veces más..

Desde la empleada doméstica que limpia “por arribita”, al médico que dedica cinco minutos a la atención de un paciente.

Desde el empleado que atiende con desgano al público, a la secretaria que no sabe siquiera escribir a máquina, hasta el diputado que se postuló sin tener los conocimientos necesarios para legislar. Falta profesionalismo.

Naturalmente, no se puede generalizar.

Pero... ¿cuál es el porcentaje de los que cumplen sus tareas como debe ser? ¿La mitad? Si fuera así, sería muy grave.

Lo que distingue una sociedad de otra es la “profesionalidad” de sus habitantes.

¿Usted cree que los alemanes son más inteligentes que nosotros?

¿Cree acaso que los japoneses están más dotados?

¿Piensa que los norteamericanos constituyen una raza superior?

¿Piensa que los chilenos progresan más que nosotros sólo porque tienen un sistema económico “injusto”?

No, la diferencia pasa por otros parámetros: conocimiento de lo que hacen, responsabilidad, disciplina, dedicación.

Cada uno hace lo que tiene que hacer. Y trata de hacerlo bien.

A los sanjuaninos quizás nos ha ido siempre demasiado bien.

Con poco esfuerzo se ha podido vivir.

Y, paralelamente, la prédica demagógica se nos ha metido tan adentro que hemos ido gestando una nueva cultura. La cultura del facilismo.

Del menor esfuerzo.

Así, hemos llegado al extremo de que todo, mal o bien, funciona.

Pero funciona en base a unos pocos que realmente son competentes y se esfuerzan por el resto.

En una empresa, en un gobierno, en la justicia, en la policía, en la escuela, hay gente que “se calienta” por lo que hace y gente a la que el mundo le pasa por encima.

Cuando los primeros son mayoría, surgen resultados como los de Japón, Alemania o Francia, por dar ejemplos.

En cambio, cuando son los segundos los más numerosos, la eficiencia decrece y con ello las posibilidades como país y sociedad.

Decíamos que esta cultura no se hizo de la noche a la mañana. No, de ninguna manera.

La comenzamos a fomentar desde la escuela. El alumno que se copia es “el vivo”. El que estudia, es “el chupamedias”. El que se copia y lo descubren es “el tonto”. Y el que se opone a estas prácticas y denuncia ese principio de corrupción infantil, es “el botón”, el mal compañero, el traidor.

Esto, que se puede advertir en cualquier escuela, es aún más evidente en la universidad. Ah... sí.

“Ingreso irrestricto, para todos”, es la frase hecha de los demagogos.

Aunque dos terceras partes del alumnado esté perdiendo el tiempo porque tarde o temprano admitirá su fracaso y desertará.

Y se advierte también en el mundo laboral. “Para lo que pagan, ¿qué te vas a calentar?”

Como si todo pasara por el sueldo y el trabajo sólo fuera una carga que hay que soportar.

Se observa también entre los profesionales. ¿Cuando un consejo profesional sancionó a un médico por mala praxis o a un abogado por actitudes reñidas con la ética? ¿Cuando se reunieron maestros o profesores para pedir la renuncia de un docente que no sabe enseñar o no está capacitado para hacerlo?

Y ni qué hablar de los políticos.

Quinientas fichas para una interna valen muchísimo más que todos los conocimientos que pueda tener otro postulante.

Así, hemos ido configurando un tipo de sociedad en la que buena parte sólo pretende “zafar”, pasar el “mal trago” de tener que trabajar.

En fin. Es una situación que debiera preocuparnos como sociedad. Que constituye una limitación para encarar cambios de envergadura. Que condiciona en buena medida nuestra inserción en un mundo altamente competitivo.



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