Era otro mundo el de nuestros abuelos.

El trabajo pasaba principalmente por las tareas agrícolas o los menesteres caseros.

Mientras hubiera salud, fuerza y ganas, el hombre tenía como ganarse la vida.

Una vida digna pero carente del 95 por ciento de las cosas que hoy nos parecen indispensables. Desde poseer un auto al gas natural; desde la televisión a Internet.

Una carta que a veces demoraba demasiado y las charlas eran la forma de comunicación.

El idioma común, el amor por la patria, saber leer y escribir, eran los objetivos de la educación.

 

El mundo de nuestros padres ya fue distinto.

Aparecieron las industrias y los servicios.

Para aspirar a un empleo había que tener la primaria completa y en lo posible también la secundaria.

Lógicamente, surgieron las tensiones.

Palabras nuevas como sindicatos, huelgas, derechos laborales, trabajo especializado, vacaciones, leyes sociales, se incorporaron al diccionario.

Y había mucho por hacer, aparecieron cientos de servicios que transformaron aquella familia rural en habitante de las ciudades.

 

La generación de los que ya pasamos los 60 fue testigo de grandes cambios.

Por darle un ejemplo: recibimos un mundo en blanco y negro y lo estamos entregando con imágenes multicolores, en tres dimensiones y transmitidas a cualquier lugar del planeta en tiempo real.

Los cambios fueron tan drásticos que los niños de hoy no alcanzan a comprender que la vida es una sucesión de descubrimientos. ¿Cómo explicarles que sus padres tuvieron una niñez sin teléfonos celulares, computadora o Internet?

 

Escuche:

>Desde los tiempos de la antigua Grecia, la población mundial se ha incrementado poco más de 55 veces.

>En ese mismo lapso, la información disponible aumentó cerca de 100 millones de veces.

>En otras palabras: a esta altura de la civilización, el conocimiento universal se duplica aproximadamente cada 5 años.

Estamos, pues, ante nuevos retos tanto para el pensamiento como para su ejercicio. Cada año se develan cientos de misterios: el genoma humano, la inteligencia artificial, la arqueología satelital, la exploración del universo, la realidad virtual, las telecomunicaciones, las redes informáticas, la clonación, el ciberespacio, la diversidad cultural, la globalización, el nuevo consumismo, la nanotecnología, entre muchos otros emblemas y paradigmas del mundo que hoy vivimos.

 

El problema es que los cambios no son sólo en la tecnología.

El mundo está cambiando.

De poco valen los recursos naturales, la feracidad de la tierra, el color de la piel o la cantidad de televisores por habitante.

Hoy, la riqueza de un país se mide por sus niveles de conocimiento, la calidad de sus investigadores, la capacidad de sus ejecutivos, la claridad de sus estadistas.

Pero hay un dato preocupante: el 97% de las patentes en el mundo están en los países industrializados.

Y en los países más pobres, cada día aumenta la brecha entre los que tienen un nivel de conocimientos como los del mundo más rico y los que siguen viviendo como en el tiempo de los abuelos. Pero ya sin posibilidades laborales.

 

Ya en 1.999 decía un Informe del desarrollo humano de la ONU: “El conocimiento es el nuevo valor: más de la mitad del producto interno bruto de los países de la OCDE está basado en el conocimiento”

Todo es información, y toda información tiene un valor real y potencial.

Comienza a existir un planeta integrado por gente que está absolutamente fragmentada en sus niveles de información, de conocimientos, de aplicación de esos conocimientos, de usufructo de esa aplicación.

El conocimiento como factor de desarrollo económico ha introducido un nuevo dinamismo en las economías desarrolladas y, al mismo tiempo, ha generado un nuevo factor de inequidad social y de desigualdad.

Esto no lo cambiará el mercado.

Son los estados nacionales los que deben generar condiciones para asegurar la distribución de los bienes de conocimiento y compensar estas diferencias.

Son reales los riesgos de exclusión social y marginación en el mercado laboral del futuro que pueden sufrir los jóvenes si no se actúa contra el analfabetismo informático, dado el creciente papel de la educación y la formación como factor de producción y como elemento de soberanía y garantía de desarrollo.

 

El efecto más evidente de este cambio es la crispación en la que viven las sociedades.

Las llamadas nuevas tecnologías son ciertamente eso, nuevas maneras en que la reflexión y creación humana se expresan. Su presencia generalmente divide a las sociedades: entre los que las promueven e impulsan y los que con recelo y rechazo las ven aparecer cambiando las formas de hacer y vivir la vida cotidiana.

¿Es esto nuevo?

No, no lo es.

Deberíamos estar acostumbrados a estos sucesos. La historia humana y nuestras personalísimas historias han girado, se alimentan y revolucionan con su presencia constante y novedosa.

 

Pero sus nacimientos siempre son tortuosos, difíciles, pues siempre plantean cambios en las sociedades.

Y detrás de esos cambios están los seres humanos que, en medio de inercias, temores, ansiedades o entusiasmos, encuentran en ellas dificultades para su manejo, incorporación y cambio de referentes.

Nada es fortuito.

Ni el divorcio entre la gente y sus dirigentes ni los piquetes ni las villas precarias ni la creciente delincuencia.

Estamos pariendo una nueva civilización.

Y a diferencia de lo que ocurría en la antigüedad, la educación para vivir en ese mundo, no llega a todos por igual.

La brecha se agranda cada día.

Este es el gran tema para quienes piensen en el San Juan 2035.

Si hacemos que esa brecha sea menor y de a poco vamos incluyendo a la mayor cantidad de sanjuaninos en el mundo del conocimiento aplicado, nuestra calidad de vida será cada vez mejor.

Si, por el contrario, dejamos todo librado a fuerzas en pugna o insistimos en una educación del siglo pasado, las tensiones irán en aumento y pronto advertiremos que no será fácil la convivencia entre civilizaciones distintas.

 

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