La violencia está entre nosotros.

Está en la delincuencia y también en las escuelas.

Está en el interior de muchas viviendas y en el tránsito cotidiano.

Algunas violencias se ocultan, como las de las escuelas o las casas.

Pero otras se exponen en toda su magnitud.

Y nos llevan a un estado generalizado de sobresalto.

El accionar violento de la delincuencia común es quizás, en estos días, la que más preocupa.

Igual que sucede cuando se matan en un accidente de madrugada chicos alcoholizados y toda la población pide que se obligue a los boliches a cerrar temprano o se instaure la ley seca —como si todo pasara por ahí— en el tema de la delincuencia violenta ocurre otro tanto.

El sentimiento es genuino, generalizado, la indignación creciente.

Pero las soluciones que se proponen no parten de un análisis sereno sino de la bronca y la impotencia.

 

 

Es como si se buscara un traste grandote para pegarle una buena patada.

Y que con esa especie de exorcismo todo cambiará.

¿Cambiará algo poniendo un policía en cada cuadra? ¿Se eliminará la delincuencia echando al jefe de Policía? ¿Se solucionarán los problemas juntando cien mil firmas?

Hay quienes piensan que todo pasa por bajar la edad de imputabilidad. O por aumentar las penas. O que evitando que haya policías distraídos con sus mensajitos telefónicos, todo se va a arreglar.

Para ellos les tengo una mala noticia: nada va a cambiar con medidas aisladas.

 

 

 

No, no crea que estoy defendiendo la ineficacia policial.

O la comodidad y el miedo de algunos jueces.

Tampoco creo en las estadísticas policiales que nos dicen que los delitos han disminuido o que “se han amesetado”.

Seamos sinceros: la gente ya ni siquiera se preocupa por hacer la denuncia en una comisaría pues sabe que nunca recuperará lo robado. Mucho menos va a identificar a un delincuente.

Tampoco creo que la culpa la tiene “la constitución del 86 que le quitó poder a la policía”.

Pero saquémonos la careta: Este no es un problema solo del gobierno, la policía y los jueces.

 

 

 

Digámoslo de una buena vez: una forma de ocultar la ineficiencia de quienes deben combatir el delito es generando debates públicos que deberían tener un

ámbito de estudio y análisis protagonizado por especialistas.

El problema de la delincuencia es mucho más complejo de lo que se dice.

De nada vale que se esclarezca un crimen si no se modifican las condiciones para revertir una situación que, lejos de resolverse, se agrava cada día.

Entendámoslo bien:

Cuando un delincuente de quince años, drogado, mata, no lo hace por hambre. Los asesinos no son el fruto de “la sociedad que los segrega”.

Dejemos de vender ideología con un tema tan delicado.

Tampoco se evita el crimen disminuyendo la edad y aumentando las penas. Quién está dispuesto a matar no piensa en la pena ni le importa la vida, incluyendo la propia.

 

 

 

Cómo no soy un especialista en seguridad, simplemente me hago preguntas:

¿Tendrá algo que ver la cantidad de hogares –ricos y pobres donde no hay padres que contengan?

¿Es lógico que hasta el arzobispo haya indicado cómo se identifica a los vendedores de drogas mientras la policía no lo sepa y la mercancía penetra en todos los poros de la sociedad iniciando en la adicción a chicos de 8 o 9 años?

Si no hubiera revendedores y compradores de objetos robados… ¿tendría sentido robar?

Si aceptamos como algo lógico o que debe ser ocultado la violencia en las escuelas y hasta que padres de chicos con problemas agredan a docentes… ¿no estamos socavando todo concepto de autoridad y denigrando la educación?

Cuando un juez de menores se lava las manos y, argumentando que no tiene donde enviar a un chico con problemas termina entregándoselo a los propios padres para que una hora después vuelva a delinquir ¿no está condenando a ese niño a ser de grande un delincuente?

Nuestras cárceles ¿sirven para readaptar individuos o son una maestría en “alta delincuencia”?

¿La policía cuenta con gabinetes aptos para combatir una delincuencia cada día más profesionalizada?

¿Se hace prevención del delito?

¿Hay una inteligencia policial o siempre corremos detrás de los hechos?

¿Existe una policía profesionalmente formada con efectivos que pasaron todos los tests necesarios y demuestran una real vocación o muchos de ellos trabajan allí porque no encontraron algo mejor?

 

 

Para terminar le doy algunos datos:

Los fines de semana se necesitan aproximadamente 700 efectivos para cumplir adicionales en los espectáculos deportivos y 300 para cuidar edificios públicos. ¿Qué queda para combatir el delito?

La policía debe cumplir funciones de correo, entregando citaciones judiciales o documentos. Mientras hay miles de planes sociales cobrados por gente que podría cubrir esas necesidades.

Hay efectivos policiales que nunca salieron de un escritorio.

El común de la gente teme a los ladrones y desconfía de los policías.

Hay abogados que llegan a la policía a pedir por un preso antes que el detenido llegue a la seccional. Y se lo lleva.

¿Puede un juez penal investigar con 1500 causas por turno?

Hay delincuentes con veinte entradas en la policía que nunca fueron sentenciados por lo que sus nuevos delitos siguen siendo excarcelables.

La cárcel ya está repleta… ¿qué se hace si se condena a más gente?

Hay padres que discuten en los boliches porque no dejan entrar a sus hijos de quince años y les parece lógico que vuelvan a las 6 de la mañana.

La televisión porteña sigue vendiéndonos como ejemplos a seguir a deportistas drogadictos o alcohólicos y chicas que construyen su “carrera artística” con sólo mostrar la cola y las tetas.

 

 

 

Si después de estos datos cree que todo se arregla pegándole una buena patada a un traste grande, allá usted. Pero el problema es mucho más serio.

 

 

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