El primer cambio fue en los años 60 cuando aparecieron los autoservicios.
La señora o el señor con un carrito en el que se iban echando mercaderías se transformó pronto en un icono de los nuevos sistemas de comercialización.
El primer cambio fue en los años 60 cuando aparecieron los autoservicios.
La señora o el señor con un carrito en el que se iban echando mercaderías se transformó pronto en un icono de los nuevos sistemas de comercialización.
Lo que pocos se plantearon, en ese momento era que en realidad se trataba de la punta de lanza de una nueva forma laboral. Nosotros –los compradores- habíamos sustituido con nuestro trabajo el trabajo de parte de los dependientes.
En los años siguientes el sistema se iría perfeccionando hasta llegar a las grandes superficies comerciales de hoy, que nos han hecho olvidar a aquellos almaceneros que con una puruña colocaban el azúcar o la harina en un papel generalmente de color gris y con un rápido movimiento de mano lo transformaban en un paquete.
Aquel no sería el único cambio.
De pronto la televisión penetró en nuestros hogares y el cine y el teatro comenzaron a languidecer. De centenares de maquinistas, acomodadores, chocolatineros, taquilleros que tenían un trabajo seguro, fueron quedando unos pocos. Ya nunca sería igual. El cine volvió a reverdecer después del milenio pero ya en manos de grandes cadenas, con sistemas de proyección computarizados y poco personal que atendía diez o doce salas al mismo tiempo.
La llegada del satélite produjo un cimbronazo mayúsculo.
La televisión que producía programas locales poco a poco los fue mermando mientras entraban al espacio decenas y centenas de canales de televisión y emisoras radiales con lo que se perdieron más fuentes de trabajo.
Llegó también la telefonía digital y hoy las comunicaciones unen el mundo desde casi cualquier punto del planeta. Pero cuando usted reclama a su compañía no sabe si la operadora que lo atiende es una máquina o una persona y si esta tiene su lugar de trabajo en Buenos Aires, en Santiago de Chile o en Miami.
Con Internet se inició un proceso de nuevas formas de comercialización que está lejos de terminar. Pero ya podemos vaticinar que en muy poco tiempo gran parte del comercio, del sistema bancario, la educación y hasta la atención de la salud, será a través de Internet, con las ventajas que conlleva (atención las 24 horas, entrega en domicilio, mejores costos, pago automático) y las desventajas que trae, como es la reducción del número de empleados en muchos campos.
-- Ya bajamos de la red las películas para ver en el hogar, con lo que desaparecerán los videos clubes.
-- Lo mismo ocurrirá con la música.
-- Podemos hacer nuestras compras, ya sea un auto a una lata de durazno.
-- Hacemos todos nuestros pagos a través del banco virtual.
-- El movimiento de dinero es cada vez mayor por esta vía o en cajeros automáticos.
-- Las librerías y las bibliotecas particulares caerán en desuso pues todo lo podremos tener en la red.
-- Allí ya podemos encontrar desde la forma de traducir un texto al plano para construir una casa de tres ambientes, desde las instrucciones para mantener un jardín hasta la forma de adquirir pasajes y reservar hoteles para nuestras vacaciones.
-- Recetas de cocina, el pronóstico del tiempo, los principales diarios del mundo, miles de emisoras de radio, crucigramas, ofertas inmobiliarias en cualquier sitio del planeta, enciclopedias…
En fin, lo que imagine.
Podríamos seguir hasta el infinito, contando lo que ya es una realidad y lo que se viene.
Desde la máquina de café que ocupa el lugar del cafetero hasta la barredora que suplanta a 50 obreros municipales.
Y volvemos al concepto inicial: junto con los avances maravillosos del nuevo mundo, hay miles de puestos de trabajo que se pierden porque nosotros mismos –los usuarios- hacemos parte del trabajo con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Pero a su vez surgen infinitas posibilidades de nuevas actividades y de comercialización a una escala mucho mayor. Es decir, también surgirán miles y millones de puestos nuevos de trabajo.
Las preguntas que dejamos en pie son estas:
-- ¿Estamos trabajando para ese mundo nuevo que ya es una realidad?
-- ¿Estamos educando a los chicos para ese mundo?
-- ¿Preparamos a los trabajadores para los nuevos desafíos?
-- ¿Están surgiendo los nuevos sindicatos que entenderán con estos nuevos trabajadores virtuales que tienen características totalmente distintas de los trabajadores de una cadena de montaje?
-- ¿Se están preparando los empresarios de ese nuevo mundo?
-- ¿Qué planes hay para la gente que no pueda adaptarse a esos cambios?
El mundo es cada vez más rico y ofrece mayor confort y posibilidades.
Pero es una civilización nueva. Estamos viviendo una de las etapas de mayores cambios en la vida de la humanidad.
Pero lo que los estudiosos llaman “desincronización” es una realidad que debe preocuparnos.
Vivimos un mundo donde no es la misma la velocidad de la ciencia que la de las empresas. La del Estado que los privados. La de la educación que los sindicatos. Cambiaron los conceptos de tiempo y de espacio. Y sobre todo no es homogénea la respuesta de la gente a la velocidad de los cambios. Eso se llama “desincronización”. Y aun no sabemos qué ocurrirá con las sociedades que sufren este creciente fenómeno.
En una palabra, estamos llenos de interrogantes y las recetas viejas ya no tienen valor.