Mi pasión por las viejas fotos me pone frente a vigorosos inmigrantes en la plenitud de sus fuerzas. Algunas instantáneas tienen un siglo. Otras rondan las siete, ocho o nueve décadas.
Veo en ellas al abuelo inmigrante multiplicado por miles. Y me pregunto:
—¿Qué sueños habrán tenido?¿Qué ideas los sustentaban? ¿De qué material estaban hechos para soportar tantas penurias, tanto trabajo, tantas ansias de progreso?
Las noticias de estos días casi ni hablan de esfuerzos, de conquistas, de logros.
Las páginas policiales hablan de accidentes protagonizados por conductores alcoholizados, de niños que comienzan a drogarse a los 12 años, de chicas que tienen su primer aborto antes de los 15, de grandes fortunas ganadas o perdidas en poco tiempo, de “corrupción estructural”...
¿Qué cambió? ¿Qué nos cambió?
Alguien que ha leído mucho más que yo, me dice:
—Bienvenido a la post modernidad.
Y con una palabra –post modernidad- intentamos explicar algo que pareciera ya formar parte de nuestro ADN.
Pero… ¿qué cornos es esta famosa “post modernidad”?
Dicen que la post modernidad es la época del desencanto.
Una era en la que nosotros, simples mortales, nos sentimos satisfechos pese a que renunciamos a las utopías y a la idea de progreso.
Sin duda, hay un cambio en el orden económico. Hemos pasado de la economía de nuestros abuelos en las que se producía mucho y se consumía poco a la actual, en la que consumimos más de lo que producimos.
Además, casi no tenemos referentes permanentes.
Es como si las grandes figuras carismáticas hubieran desaparecido. No existen más. En sus lugares surgen infinidad de pequeños ídolos que duran hasta que surge algo más novedoso y atrayente.
Sí, vivimos tiempos de contradicciones.
El mismo señor que se llena la boca hablando de la defensa de la naturaleza y el medio ambiente, se sube luego a su auto que contamina la atmósfera, carga las bolsas de plástico del supermercado y consume cientos de artículos que degradan cuanto hay sobre la tierra.
Una época en la que los medios de masas y el marketing se han convertido en centros de poder. Y en la que el contenido del mensaje es algo secundario.
Lo importante es como se lo dice y quien lo hace. Por eso, conocemos casi todas las publicidades pero no sabemos qué promocionan; opinamos sobre la imagen de los políticos pero no sabemos qué dicen; recordamos las lolas de la “figurita” de moda pero no sabemos de su capacidad.
En este mundo que vivimos, los grandes medios masivos se han convertido en dueños de la verdad. Quién no aparece por un medio, simplemente no existe para la sociedad.
A su vez, los grandes medios luchan desesperadamente por no perder su condición de tales y para ello convierten la noticia en mero entretenimiento y la vida de los demás en un show sin fin.
Todo esto está haciendo un individuo distinto.
Un hombre –o mujer- que sólo quiere vivir el presente.
El futuro y el pasado pierden importancia.
Han sido suplantados por la búsqueda de lo inmediato.
Hay un hombre distinto, que rinde culto al cuerpo, a la vestimenta, a la liberación personal… Sin advertir que al mismo tiempo vive un proceso de pérdida de la personalidad individual.
El hombre de fe ha sido suplantado por el hombre tecnológico.
Ya no necesita un médico que lo cure con su simple presencia sino las más sofisticadas tecnologías, la aparatología que le diagnóstica enfermedades desde antes del nacimiento y la farmacopea que lo transforma en un adicto a los medicamentos.
Vivimos la era de la desconfianza.
En el tiempo de los abuelos los tratos se hacían de palabra. Un apretón de manos tenía más valor que cien contratos certificados notarialmente.
Ese hombre ya no existe más.
El nuevo hombre desconfía de todo y de todos.
No cree en los gobiernos ni en los políticos pero tampoco en los curas ni los sindicalistas. Piensa que quien hace dinero es un delincuente y quien no lo hace es un fracasado.
Este nuevo individuo que está naciendo se despreocupa ante la injusticia, relativiza el valor de la educación, considera innecesarios los idealismos, desaparece en gran medida la valoración del esfuerzo.
Y sí. Acá estamos.
Pese a todo, la gente se sigue enamorando aunque la convivencia varíe en sus formas.
Los niños siguen naciendo y nos inundan con su alegría.
Vivimos en un mundo de confort que jamás hubieran imaginado nuestros abuelos.
La tecnología, que en algunos aspectos nos deshumaniza, también nos ofrece maravillosas posibilidades de crecimiento.
Como decía Antonio Machado:
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.
Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...”
Golpe a golpe, verso a verso.