Pasa con algunas chicas.
Uno las ve nenas, simpáticas, graciosas, bonitillas.
Con la pubertad, las cosas cambian.
Tienen Catorce o quince años y la mayoría son flacas, desgarbadas, con granitos en la cara.
De pronto un día usted las vuelve a ver en una fiesta.
Aquella flaca desgarbada luce erguida, sobre sus tacos altos, peinada de peluquería y con un poco de rubor y uno piensa:
-¿Tanto pudo cambiar? ¡Miren lo hermosa que era!


Con nuestra ciudad está pasando algo parecido.

En algún tiempo nos enorgullecíamos de tener la ciudad más moderna del país.
La de las veredas más anchas, siempre brillantes por obra y gracia del lampazo de nuestras madres y abuelas.
Un día comenzamos a ver que no era tan linda.
Por obra y gracia de los servicios públicos, las veredas se fueron rompiendo.
Las huellas del terremoto nos habían dejado demasiados baldíos, demasiada tierra.
Pero, como ocurrió con la flaca desgarbada, las cosas comenzaron a cambiar.
La ciudad comenzó a crecer para arriba.
El arbolado público – que tiene la misma edad de la ciudad nueva alcanzó su plenitud.
Un día descubrimos que el Parque de Mayo podía ser bellísimo pero que había que replantearlo.
Con la forestación, la Avenida de Circunvalación dejó de ser un inmenso anillo gris para transformarse en una de las joyas ciudadanas.
Los buenos tiempos posibilitaron terminar con ese monumento al cemento que era el centro cívico, se sacaron las villas miserias de la ciudad, se construyeron hoteles y centros comerciales.
Y de pronto la vimos como a la niña sobre los tacos altos.
-¡Pero miren lo hermoso que está San Juan!

Es buena esta revalorización de lo nuestro.
Nos levanta la autoestima cuando viene un amigo que hace mucho no visita la provincia y nos dice:
-Che, qué lindo que está todo.
Y eso hace que los vecinos se esmeren por arreglar el jardín descuidado o repintar el frente deteriorado por los años.
Claro, eso nos hace ser más exigentes.
Ya no aceptamos que los municipales levanten la basura a medias o que el bulevar de algunas avenidas sea un muestrario de mugre.
Ya nos molestan los lavacoches que inundan las calles y afean la ciudad.
Nos empiezan a hartar los eternos vendedores ambulantes –en realidad vendedores de comercios que de esta forma evaden impuestos-, que nos dan un aspecto de inmensa feria persa.
Como también nos asombra que cualquier comercio –kioscos, fruterías, hasta mueblerías como ocurre en el supermercado de calle General Acha-, pueda ocupar las veredas con sus mercaderías
O que algún infame tire basuras en los laterales de la Avenida de Circunvalación.
Pero bueno, tiempo quieren las cosas y de a poco todo se logra.


Pero lo importante es el inmenso paso que hemos dado.
No es poca cosa volver a sentirnos orgullosos de la ciudad.
Es muy grato escuchar a nuestros visitantes hablar de nuestra arboleda, señalar que nunca esperaron encontrar en San Juan un auditorio como el que tenemos, un autódromo, un estadio cubierto.
Nuestros oídos se halagan cuando nos alaban nuestras avenidas, los bulevares, las veredas.
Estamos redescubriendo la belleza de este San Juan que está terminando de borrar las  cicatrices-baldios que nos dejó el terremoto y, audaz, quiere competir con las alturas.


Sí, es como la piba de quince que se irguió sobre sus tacos para que todos supieran lo bonita que era.

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