Es cierto.
Los años pasan para todos y algunos nos vamos poniendo viejos.
Y a esta altura hay dos cosas que me molestan sobre manera.
La primera es la falta de profesionalidad en lo que se hace. Desprecio al que hace mal su trabajo.
No es que todos deban ser sabios.

Es cierto.
Los años pasan para todos y algunos nos vamos poniendo viejos.
Y a esta altura hay dos cosas que me molestan sobre manera.
La primera es la falta de profesionalidad en lo que se hace. Desprecio al que hace mal su trabajo.
No es que todos deban ser sabios.
Puede ser un profesor o un recolector de basura. Un lustrador de zapatos o un periodista. Un músico o un médico. Un empresario o un obrero.
Pero al menos deben intentar hacer bien las cosas. Prepararse.
Progresar. O dedicarse a otra cosa.


Naturalmente, no se puede generalizar. Pero... ¿cuál es el porcentaje de los que cumplen sus tareas como debe ser? ¿La mitad?
Lo que distingue una sociedad de otra es la “profesionalidad” de sus habitantes.
¿Usted cree que los alemanes son más inteligentes que nosotros?
¿Cree acaso que los japoneses están más dotados?
No, la diferencia pasa por otros parámetros: conocimiento de lo que hacen, responsabilidad, disciplina, dedicación.
Cada uno hace lo que tiene que hacer. Y trata de hacerlo bien.


A los sanjuaninos quizás nos ha ido siempre demasiado bien.
Con poco esfuerzo se ha podido vivir.
Y, paralelamente, la prédica demagógica se nos ha metido tan adentro que hemos ido gestando una nueva cultura. La cultura del facilismo.
Del menor esfuerzo.
Así, hemos llegado al extremo de que todo, mal o bien, funciona.
Pero funciona en base a unos pocos que realmente son competentes y se esfuerzan por el resto.
Creo que vamos por mal camino si regalamos casas, jubilaciones, planes sociales, días de huelga y feriados no laborables sin contraprestación alguna. Pero, es sólo una idea personal.


En una empresa, en un gobierno, en la justicia, en la policía, en la escuela, hay gente que “se calienta” por lo que hace y gente a la que el mundo le pasa por encima.
Cuando los primeros son mayoría, surgen resultados como los de Japón, Alemania o Francia, por dar ejemplos.
En cambio, cuando son los segundos los más numerosos, la eficiencia decrece y con ello las posibilidades como país y sociedad.


Lo otro que me molesta sobremanera es la gente que quiere imponer sus ideas.
Con los años uno, sin renunciar a las propias, aprende a respetar todas las ideas.
Si yo pienso que San Juan debe desarrollar la minería, estoy expresando una idea.

Si un amigo afirma que la minería contamina y que él privilegia el medio ambiente por sobre el desarrollo económico, también lo acepto.
Pero si yo afirmo que ese amigo es un ignorante por pensar así o el sostiene que yo estoy “arreglado” por pensar como pienso, ambos actuamos como energúmenos despreciables.


Mencioné la minería pero lo mismo podría decir del fútbol, de la religión de la política.
En general los argentinos y en particular los sanjuaninos, somos pasionales.
Hablamos más con la pasión que con la razón.
Y –hay que decirlo- somos bastante intolerantes.
Hay sectores para los que si una chica usa escote grande o minifalda

“debe ser una puta”.
Si no creemos en los discursos de izquierda nos tildan de “fascistas” y si tenemos un pensamiento mínimamente “progre” ya nos consideran “comunistas”.
En el fútbol somos más “anti Boca” o “anti River” que hinchas de un club.
Si alabamos una medida del gobierno la gente piensa que nos compraron y si criticamos esa medida desde el gobierno nos acusan de opositores.
Así la vida se hace difícil… Muy difícil.



Es cierto. También uno se vuelve intolerante si desprecia a los que hacen mal su trabajo o quieren imponer sus ideas.

Disculpen.
Cárguenlo en la cuenta de las incongruencias que todos tenemos.
Los años aun no terminan de matar la pasión.
Pero tengo en claro que todos debemos hacer un esfuerzo por respetarnos, por querernos un poco más, por aprender a convivir, por ayudarnos.
Es tan malo el que sostiene que las mayorías siempre tienen razón como el que quiere que las minorías impongan sus criterios de cualquier forma.
Es tan pernicioso el que prejuzga como el que excomulga.
Hace tanto daño el que impone una ley “a libro cerrado” como el grupúsculo que interrumpe un acto en nombre de sus ideas.

 

 

Al final de cuentas somos sólo aquello que tan admirablemente definió Alberto Cortez:
Yo soy un individuo entre la masa.
la coincidencia es sólo un accidente.
busco esposa, doy hijos, tengo casa,
soy la opción de un cerebro inteligente.

Por todo,
más allá de cualquier ideología,
más allá de lo sabio y lo profano
soy parte del espacio, soy la vida
por el hecho de ser un ser humano

 

 

 



 

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