Que el mundo está convulsionado
ya nadie lo duda. Si hicieran falta ejemplos podemos ver la interminable guerra
no declarada entre Rusia y Ucrania, los eternos conflictos en medio oriente,
los temores y realidades de una Europa, mitad indignada y mitad asustada, las
pretenciones de las superpotencias de estar a la cabeza de la tecnología, el
comercio y la logística mundiales… Esto por hacer simples menciones dentro de
un panorama mucho mayor de velocísimos cambios tecnológicos, de impensables
grietas políticas de muchos países y de concentración de la riqueza como nunca
existió.
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Sería muy fácil quedarnos en un análisis de la realidad actual y no pensáramos
en la proyección –dentro de lo posible- de ese camino que es difícil de
imaginar siquiera.
Para imaginar ese mundo futuro
cuyo rumbo es incierto, debemos visualizar una reconfiguración total del mapa
del poder, el territorio y la soberanía. Los expertos en geopolítica y
tecnología sugieren que no iremos hacia
un único poder centralizado, sino hacia un modelo de "Soberanía
Fragmentada" o "Tecno-Feudalismo", donde los Estados-nación
tradicionales perderán terreno frente a las mega-plataformas tecnológicas,
creando un orden global multipolar e inestable.
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Esto puede ser así o
no pero lo cierto es que nadie preguntará nuestra opinión. Y nos guste o no
son pocas las empresas globales que controlan la infraestructura de la
Inteligencia Artificial, la nube y los cables submarinos. Es poco lo que falta
para que todos dependamos de los servidores y algoritmos de un puñado de
corporaciones.
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Más de una vez muchos de nosotros se habrán planteado por qué
determinadas ideas, consumos o hábitos crecen rápidamente. La respuesta más fácil
es decir: “Son cuestiones generacionales que como vienen se van”. Una respuesta
tan cómoda como optimista.
Tal vez sea tiempo de preguntarnos hasta donde ha
crecido y cuanto más puede crecer el mundo virtual.
En un mundo saturado de
información y estímulos, la mente humana es incapaz de procesar todo el entorno
por sí misma. Necesitamos intermediarios. Quien sea dueño de esos intermediarios tecno-cognitivos no solo influirá
en lo que la gente compra o vota, sino que definirá qué es real, qué es verdad
y qué es posible.
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Pensemos en elementos cercanos a nosotros que tal vez tengan
la edad de nuestros nietos pero ya están sufriendo cambios notables. Antes,
digamos hace dos o tres años, cuando buscábamos algo en la web, el buscador nos
daba diez enlaces a fuentes más o menos confiables. Pero era uno el que elegía en cuál hacer clic. Hoy y en los próximos
años, las inteligencias artificiales conversacionales y los agentes autónomos nos
devuelven una única respuesta
sintetizada.
Si el algoritmo que filtra la
realidad decide omitir un hecho histórico, matizar una crisis económica o
priorizar una corriente filosófica, esa se convierte en la verdad absoluta para cientos de millones de personas que no contastarán
la información. La
realidad no existe más para esas personas.
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Pero la historia está lejos de acabar.
Cada día la computación espacial
se consolida más en la vida cotidiana. Quien controle el sistema operativo de
esos dispositivos controlará buena parte de nuestras vidas. Si una plataforma
decide bloquear un edificio, un negocio o una persona en tu interfaz, para
muchos de quienes siguen esos algoritmos, literalmente, dejarán de existir.
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Y es entonces cuando dará la cara el verdadero poder. Puede haber
una “realidad a la carta”. Si dos
ciudadanos viven en la misma ciudad pero sus filtros de realidad les muestran
versiones completamente opuestas de los hechos (con videos e imágenes generadas
por IA que respaldan cada versión), el concepto de "sociedad" se
rompe. No habrá una base de realidad compartida sobre la cual negociar, debatir
o legislar. El poder centralizado ya no necesitará reprimir físicamente; le
bastará con encerrar a las distintas facciones en burbujas de realidad
mutuamente excluyentes.
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En este punto ya no es el debate sobre si se permite o no el uso del
celular en las escuelas. Lo que estará en juego es quién tiene la capacidad
de moldear la percepción de la vida, de la libertad, de la felicidad y de la
amenaza. Quien domine el filtro controlará el comportamiento humano sin que
las personas sientan que están siendo controladas, bajo la ilusión más
peligrosa de todas: creer que lo que ven con sus propios ojos es la realidad
objetiva.
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Se dirá que estamos muy lejos de eso. No crea. Las grietas políticas mucho tienen que ver con eso. Una
recorrida por los canales de televisión de Buenos Aires nos habla de realidades
distintas que intentan imponer sus verdades.
Pero si esos medios no gozan de
suficiente poder o credibilidad, la colonización de la percepción por parte de
las mega-plataformas es ya un partido de
otra categoría. Los Estados-nación –con sus culturas, sus religiones, sus
tradiciones- como los individuos, estarán frente a una asimetría de poder histórica.
Y ahí comenzará otra historia,
que ya queda librada a la imaginación de cada uno.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2216 del 31 de octubre
de 2026