Dicen que un pesimista es un optimista con mucha información.
Pero a veces, esa información suele ser falsa. Con lo que el pesimismo se transforma en un estado patológico que sirve para justificar a neuróticos o depresivos.
Hay gente para la cual todo está mal. Y eso no es todo: sostienen que todo tiende a empeorar.
Uno los escucha decir:
—La juventud está perdida.
—Ya no se puede vivir.
—No hay posibilidades de desarrollarnos ni como sociedad ni como individuos.

Dicen que un pesimista es un optimista con mucha información.
Pero a veces, esa información suele ser falsa. Con lo que el pesimismo se transforma en un estado patológico que sirve para justificar a neuróticos o depresivos.
Hay gente para la cual todo está mal. Y eso no es todo: sostienen que todo tiende a empeorar.
Uno los escucha decir:
—La juventud está perdida.
—Ya no se puede vivir.
—No hay posibilidades de desarrollarnos ni como sociedad ni como individuos.
—Vivimos una época de incomunicación e individualismo feroz.
Y bien, mis amigos, todas esas frases que uno escucha a menudo son falsas. Si rasca un poco en la epidermis advertirá que quien así piensa es quien está mal. Y esto no lo digo yo, lo dicen mis abuelos, que llegaron al país cuando la patria cumplía su primer siglo.

 

 

Comencemos por esta frase:

—Vivimos una época de incomunicación e individualismo feroz.
Mi abuelo diría:
—Esto es una soberana tontería.
Aislados vivíamos antes, en el campo, cuando no existía el teléfono, la radio, el automóvil, los transportes públicos, la televisión, Internet. Más de un mes tardó en llegar el barco que nos traía a la Argentina.
Nosotros tuvimos suerte de venir a San Juan que tenía el ferrocarril pero un viaje de San Juan a Valle Fértil podía demandar un par de días. Yo me enteré de la muerte de mi madre tres meses después que ocurrió.
Y agregaría:
—Individualismo era lo que vivíamos al comenzar el siglo XX. El vecino más cercano estaba en una finca que quedaba a tres kilómetros.

Salvo algún “viaje al pueblo” la vida transcurría entre padres e hijos que poco hablaban entre ellos pues existía un respeto reverencialmente absurdo hacia los mayores y una incomunicación total entre generaciones.


Vamos a otra frase.
—No hay posibilidades de desarrollarnos ni como sociedad ni como individuos.
Ante ello lo escucho decir a mi abuelo:
—Oiga, difíciles eran nuestros tiempos. Muchos llegábamos sin conocer el idioma, sin saber leer ni escribir. Eran tiempos en los que la energía eléctrica no llegaba al campo, los tractores no existían, los caminos eran de tierra y a veces ni siquiera estaba el puente para cruzar el río. Ni soñar con créditos, con canales impermeabilizados, con diques que regularan el agua… Y sin embargo, trabajamos y transformamos el desierto en un vergel.


Sigamos con las mentiras:
—Ya no se puede vivir. Vamos de mal en peor.
El pobre abuelo, a esta altura, se preguntaría:
“Este es tonto de nacimiento o se hizo sólo”. Hemos pasado de una medicina de comadronas y yuyos donde la gente moría ante cualquier infección por la carencia de antibióticos a la más sofisticada tecnología de diagnóstico y tratamientos. Pasamos de la botica que vendía yuyos a farmacias que atienden las 24 horas del día todo el año con los más avanzados medicamentos, obras sociales y hospitales que a nadie dejan desamparados.
De no tener energía eléctrica a estar abarrotados de electrodomésticos.

De no tener escuelas para enviar a nuestros hijos a padres que no mandan sus chicos a la escuela y organizan piquetes si falta una estufa.
De movilizarnos grandes distancias a caballo o en un sulky hoy hay un promedio de un auto, una moto y una bicicleta por familia. Comparar esta realidad de caminos pavimentados, transportes público, supermercados con todo tipo de productos, vacaciones pagas, aguinaldo, obras sociales, derechos laborales, agua potable, gas, jubilaciones, educación gratuita… bueno, no hace falta ser un genio para darse cuenta que hemos evolucionado increíblemente.


Y dejamos para el final otra frase irremediablemente estúpida:
—La juventud está perdida.
Dejo de lado a mi abuelo y me remito al médico ingles Ronald Gibson, quien comenzó una conferencia sobre conflictos generacionales, citando cuatro frases:

1 “Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos”.

2 “Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible.”

3 “Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos”

4 “Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura” Después de estas cuatro citas, quedó muy satisfecho con la aprobación que los asistentes a la conferencia daban a cada una de las frases dichas.

Recién entonces reveló el origen de las frases mencionadas:

-- La primera es de Sócrates (470— 399 a .C .)

-- La segunda es de Hesíodo (720 a .C.)

-- La tercera es de un sacerdote del año 2.000 a .C.

-- La cuarta estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas de Babilonia (Actual Bagdad) y con más de 4.000 años de existencia.

Corolario: vade retro, pesimistas y quejosos.

Compartir