En un Estado democrático el Estado tiene todo el poder para cobrar impuestos y los ciudadanos tienen derecho a exigir eficacia en los servicios que le brindan.

Mi amigo Ricardo me comentaba ayer:
- El sábado salí a cenar…
- ¿Y…? ¿Te salió caro?
- Un robo. Me cobraron 125 pesos…
- Bueno, no es tanto… yo también salí y me cobraron 150…
- Pero te aclaro, la mesa era de fórmica, sin mantel, las servilletas de papel, los vasos de un vidrio grueso, la comida de regular para abajo, de postre sólo tenían un bombón helado de marca desconocida… Por eso te digo que me robaron.
- En ese caso sí te robaron. Yo comí con aire acondicionado, una excelente comida, con copas de cristal y un mozo que realmente sabía de comidas y de vinos… Pagué más que vos pero salí muy conforme…


Con los impuestos ocurre lo mismo que con los restaurantes.
La presión impositiva en la Argentina representa poco más de un tercio del PBI.
En otras palabras, el Estado se queda con más de la tercera parte de todo peso que se produce en el país.
¿Es alto ese porcentaje?
Depende con qué países lo comparemos.


Digamos que la Argentina es el país de América latina con la tasa más alta de ingresos tributarios en relación con su Producto Interno Bruto (PIB), que alcanza el 37,3%, seguida de Brasil con el 36,3%, mientras que al final se ubican Guatemala (12,3%) y República Dominicana (13,4%).
El promedio de la región es del 34,6%.
Así se desprende de un informe titulado ‘Estadísticas tributarias en América Latina 1990—2012‘, elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y el Centro Interamericano de Administraciones Tributarias (CIAT).


Si sólo damos este dato diríamos que la presión es alta.
Pero si la comparamos con otros países del mundo, las cosas cambian.
En Zimbawe, un país que tiene una desocupación que supera el 90 por ciento de sus habitantes, la presión Tributaria es del 49.5 por ciento.
En Dinamarca, donde la presión tributaria es del 49 por ciento –casi igual que en Zinbawee—,  sólo el 3 por ciento de la población está sin trabajo.
En Bélgica, por dar más datos, la presión es del 46,8 por ciento y la inflación es casi cero.
En Suecia, la presión es del 45,6; en Francia el 45 por ciento, en Finlandia y Noruega el 43,6 y en Italia el 42,6


Volvamos ahora a los impuestos.
No es cierto que en la Argentina hoy la presión fiscal represente sólo el 35, el 36 o el 37 por ciento del PBI.
¿Sabe por qué?
El ciudadano que pretende determinadas condiciones de vida tiene que pagar, además de sus impuestos, muchos de los servicios que debería brindarle el Estado en forma más eficiente.
» Si quiere que sus hijos tengan una mejor educación con doble escolaridad y sin huelgas, tendrá que pensar en escuelas y universidades pagas.
» Si quiere dormir más o menos tranquilo, deberá contratar una empresa de seguridad para que un sereno haga rondas nocturnas.
» Si pretende una mejor atención de la salud tendrá que caer en una prepaga que se quedará con buena parte de sus ingresos.
» Si tiene que viajar en avión le harán pagar una tasa de aeropuerto y le cobrarán por estacionar el auto.
» Como el servicio público de transporte es muy deficiente, deberá pensar en ir al trabajo en su auto o su moto o contratar un remis.
» Si viene con su auto al centro y no quiere que se lo empujen o rayen tendrá que contratar una cochera privada.


Se dirá:, es muy difícil en un país como la Argentina determinar exactamente cuál es la presión real por la sencilla razón que casi la mitad de la economía funciona en negro.
Ante esto se presenta una realidad curiosa:
Hay gente que debería pagar y no paga.
Hay gente que paga más de lo que le corresponde.
El Estado no siempre cumple con lo que promete entregar.


Cuando uno habla de este tema con la gente es común escuchar:
- Yo no pago impuestos. Lo haría si viviera en Suecia donde todo funciona como un relojito. Acá ¿para qué quieren más plata? ¿Para robar más? ¿Para mantener vagos?

Dividamos las aguas.
Pagar impuestos es una obligación.
Exigir contraprestaciones es un derecho.

En países cuya organización admiran muchos argentinos, quien evade impuestos va a la cárcel.

Un claro ejemplo es Al Capone. No pudieron detenerlo por sus crímenes pero le comprobaron que había evadido el pago de impuestos. Y no hubo poder que lo sacara de prisión.


Los argentinos pagamos muchas cosas que el Estado tendría que darnos de acuerdo a la presión impositiva.
Y es acá donde tenemos que comenzar a pensar seriamente en qué país queremos.
Es lógico suponer que en los próximos años viviremos dos fenómenos igualmente interesantes de analizar.
Por un lado una mayor eficacia del Estado para recaudar. Todas las medidas tienden a cerrar el círculo para evitar la evasión. Incluso algunas más duras que ya se avizoran como la creación de los juzgados penal – tributario.
Por el otro, la necesidad de que el ciudadano común centre su acción más que en la crítica a esa acción del Estado, en exigir que el Estado le dé lo que debe darle.
Exigir más es decirle al Estado. “señores dirigentes; no nos  hagan creer que somos culpable de los accidentes en las carreteras, de la violencia doméstica o del desmadre educativo”.

Si el Estado tiene todo el poder, al Estado le corresponde hacer transitables y seguras las rutas, evitar que haya animales sueltos, solucionar los problemas de la educación, de la violencia doméstica o de la seguridad ciudadana.
Dejemos de transferir responsabilidades o justificar evasiones.
La gente debe pagar sus impuestos y a la vez exigir rapidez, prontitud y eficacia a los gestores de sus impuestos.


La sociedad del futuro se basará, seguramente, en un concepto: “yo pago, yo exijo”.
Así es en el mundo desarrollado.
Este simple concepto puede cambiar nuestra vida.
Y, lo que es más importante aún, pueden representar la más formidable renovación de los cuadros políticos y del funcionariado pues no quedará espacio para los improvisados.
En ese mundo, seguramente, no habrá lugar para que un gremialista pueda paralizar una universidad durante diez días, para que cinco piqueteros no nos dejen transitar o para que grandes empresarios evadan impunemente sus impuestos.

 

 

 

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