Nuestras abuelas decian: “quiero que mi hija sea una reina”. La historia de la reina Sofia

Hago una recorrida por fotografías de la ex reina Sofía y me causan impresión sus últimas fotos. Hay mucha tristeza en esos ojos, mucha crispación en ese rostro que nunca fue bello.
Como si en la curva final de su vida, hubiera caído en la cuenta que no valió la pena ser reina.
La historia dice que Sofía fue la hija primogénita del rey Pablo I de Grecia y de la reina Federica.
Pero  no había cumplido aún dos años cuando Mussolini invadió Grecia, exigiendo la rendición incondicional y la renuncia de la soberanía.
En la primavera de 1941, la familia real abandonó el país y partió a un exilio que duraría cinco años: Creta, Alejandría, El Cairo, y finalmente Ciudad del Cabo (Sudáfrica). En 1946, acabada ya la II Guerra Mundial, la familia real pudo regresar a su país. Al año siguiente el Príncipe Pablo fue coronado Rey de Grecia.


Dice también la historia que Sofía se formó en Alemania, en el internado de Salem, adonde fue enviada para que ampliase sus conocimientos de lenguas extranjeras y donde permaneció desde 1951 hasta 1955. Cuando tenía 18 años dejó Alemania y volvió a Grecia, donde trabajó por espacio de dos años como enfermera en un orfanato ateniense. Al mismo tiempo realizó estudios de Bellas Artes y Arqueología, materias que le apasionaban y que culminaron con la publicación de los libros Miscelánea Arqueológica y Cerámica en Decelia.
Sofia fue educada para ser una reina. Amante de la música clásica habla con perfecta fluidez griego, español, inglés, francés, alemán e italiano. Pero además sabe todo lo que debe saber una reina hija de antiguas monarquías. Por ejemplo, saber hablar y saber callar, saber qué vestir y cómo se mueve el mundo.

En 1954, dice la historia, Sofía conoció al príncipe Juan Carlos, durante un crucero por las islas griegas en el que participaron numerosos miembros de la realeza europea, pero tal encuentro no significó el inicio del noviazgo. Seis años después, en 1960, los duques de Wüttemberg celebraron una fiesta en Sttutgart, en la que de nuevo coincidieron ambos jóvenes.

Aseguran que Sofía no era feliz en ese ambiente, que era el suyo desde su nacimiento. Entre otras cosas porque su madre, preocupada por esa hija que algún día sería reina, educaba con rigurosidad extrema a esa mujer sufrida y frágil, la obligaba a perder peso, y estaba enamorada  de Harald de Noruega, con el que estuvo a punto de casarse


Lo concreto es que el sueco no pudo ser pero sí lo fue el español con quien coincidió  durante la boda de los duques de Kent, en Londres y comenzaron su idilio. Un idilio entre iguales, aunque Juan Carlos era sólo una posibilidad en una España gobernada por Franco.


La historia nos dice que el 14 de mayo de 1962 se celebró la boda, por los ritos ortodoxo y católico, en Atenas, en la Catedral de San Dionisio. Asistieron 137 reyes y príncipes. Tras el viaje de novios, se instalaron en el Palacio de la Zarzuela y la nueva princesa española comenzó a integrarse en la vida del país.
Pronto vinieron los hijos. Elena, Cristina y el único hijo varón, Felipe, destinado a ser el Príncipe de Asturias y heredero de la Corona Española.


A la muerte de Franco, Juan Carlos de Borbón se hizo cargo de la Jefatura del Estado, y pocos días después, los Príncipes Juan Carlos y Sofía fueron coronados Reyes de España en el Palacio de las Cortes Españolas.
Qué es ser reina en un país como España? Bien, mientras el monarca hacía buenos negocios representando a empresas españolas en las ex colonias americanas, Sofia actuaba en obras de beneficencia, especialmente en las de Cáritas, Cruz Roja y la Asociación de Ayuda a Subnormales y presidía el Patronato para la Educación Especial.

A veces, sólo a veces, acompañaba a su esposo a navegar o a practicar esquí y equitación.


La felicidad, según sus biógrafos, terminaría en 1976.
La reina Sofía se disponía a dar una sorpresa a su marido, de caza en una finca de Toledo, apenas a hora y media de Madrid, y lo hizo acompañada de sus tres hijos. Todos ellos llegaron a la casa-palacio en la que se alojaba el rey, un edificio cuya fachada aparecía ante sus ojos con las ventanas y persianas cerradas, mientras el inseparable perro de don Juan Carlos merodeaba por los alrededores. El dueño de la casona intentó impedirle el paso y tartamudeaba dubitativo ante las preguntas de la reina, que impulsiva abrió la puerta de la habitación.
La sorpresa se la llevó la propia Sofía, que a partir de ese momento y hasta hoy, dormiría en habitaciones separadas con el rey.
Luego vendrían otras amarguras que se sumarían a su soledad. Como el escándalo del duque de Palma, Iñaki Urdangarín.
Una escritora española, Pilar Eyre cuenta en un libro sobre Sofía que tras la muerte de Franco, a don Juan Carlos “se le ofrecían todas”, unas 1.500 concretamente.


Un rey está mucho más expuesto que cualquiera a asedios y propuestas. La corona impresiona con su brillo.
Juan Carlos era el rey pero Sofía era una esposa, una madre, una abuela. Y también una reina, que no podía abdicar ni revelar sus intimidades.

Así fueron pasando los años. Inmersa en ese mundo anacrónico que significan las monarquías en pleno siglo XXI. El rey, con todo su garbo, su desenfado, su talante español siguió hasta último momento haciendo negocios, saliendo a cazar elefantes y manteniendo idilios multinacionales.

Sofía fue envejeciendo, cada día más triste, con sus facciones más duras. Hasta que un día el rey abdicó.
Y ahora hay otra joven, plebeya ella, ex periodista, divorciada, dicen que anoréxica, ocupando su lugar.
¿Se repetirá la historia?




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