La gente busca un traste grande para pegarle una buena patada por el caso de la chica agredida. No sirve de nada. Debemos preguntarnos qué nos pasa como sociedad para que estas cosas ocurran.
De pronto Boudou pasó a segundo plano. Y estamos hablando del caso político-policial más importante de la historia.
Hasta el mundial de fútbol quedó de lado por algunas horas.
Ni hablar de las alternativas del millonario juicio por las expropiaciones del Estado.
El interés de la sociedad se centró en la joven agredida por otros jóvenes el fin de semana pasado.
Quienes llevamos años en este oficio del periodismo advertimos que el fenómeno no es nuevo.
Lo mismo ocurrió cuando varios jóvenes murieron en un accidente de madrugada al regresar del dique de Ullum.
Más grande aun fue la conmoción social por las chicas porteñas violadas en El Pinar en 1988.
Son casos que indignan a toda la sociedad, que tienen un gran pico de conmoción que va decayendo con el correr de los días y que finalmente quedan archivados sin que se pongan en práctica las decenas de propuestas y controles que surgieron.
Mucho temo que con este caso pasará algo parecido.
Esta vez el caso trascendió por las redes sociales. Pero hay decenas de casos similares sobre los que nadie habla.
Como en otros casos esta vez habrá gente indignada, voces que piden castigos que incluyen hasta la pena de muerte, acusaciones varias contra policías, jueces, periodistas, docentes y padres y mucha violencia escondida tras el anonimato de las redes sociales.
Y digo que temo que pase algo parecido porque por encima de las particularidades de este aberrante caso, hay elementos para que nos planteemos seriamente una pregunta: ¿qué está pasando en la sociedad sanjuanina? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Podemos cerrar los ojos y decir, como siempre lo hacemos, que “es un hecho aislado”? ¿Alguien se atreve a asegurar que no se repiten los casos de alcohol, bullying, fiestas sin control policial ni de mayores?
Para el sanjuanino medio –comenzando por las autoridades– en San Juan no existe la droga (“sólo somos una provincia de paso”); los chicos toman menos alcohol que en otras ciudades (gran mentira); en los boliches no entran menores ni se les vende alcohol (¿?); no es cierto que haya violencia en las escuelas y tampoco hay crisis en la familia como ocurre en otras partes (“¿cómo va a haber crisis si acá se cierra el comercio los domingos para que toda la familia vaya a misa como dice el sindicato, y al mediodía vamos a almorzar a nuestra casa”, se escucha decir).
Hablemos en serio: ser joven no es fácil. Mucho más si –como ocurre en algunos casos– se tienen padres que no ejercen como padres.
Ser joven equivale a ser sospechoso ante cualquier procedimiento policial.
Pero ser joven también es, al mismo tiempo, una creencia generalizada de que el mundo pasa por la imagen que proyectan.
Es así. El joven es hoy el modelo de todas las virtudes, pero también el chivo expiatorio de todos nuestros defectos.
La imagen del mundo moderno son los jóvenes.
Ellos nos muestran ropa imposible de ponerse en cuerpos veteranos.
Ellos son los protagonistas de las hazañas deportivas, la cara amable y simpática del cine y la televisión.
La belleza ideal se viste con las gráciles curvas de una joven de 17 años con lolas y cola que ya conocieron el bisturí.
Para nuestra envidia, las chicas lanzan grititos de euforia ante los pectorales y el abdomen marcado, producto del trabajo en gimnasio de los varones.
¿Se ha fijado? Salvo en publicidades de dentaduras postizas, de medicamentos o de alguna marca de vino, en los anuncios de la televisión no hay gordos ni viejos, no hay feos ni gente muy real.
Es así, mis amigos.
La entrada al mundo joven es un viaje a Bariloche, a Carlos Paz o a Disneyworld, que pagaran los papás en cómodas cuotas. Y guay del padre que no pueda pagar el viaje. ¡Pasará a la categoría de pobre infeliz!
La entrada a ese mundo es ser rehén de un sindicalista y cincuenta profesores que han decidido que sus salarios son más importantes que la educación.
Ser joven es creer que la escuela debe dar cien posibilidades de recuperar materias, que la vida es un tránsito cómodo por caminos pavimentados.
Para un sector de la población mayor la juventud es un debate sobre el uso o no de profilácticos mientras cientos de chicas quedan embarazadas y muchas abortan antes de los 15 años. O si es bueno o no que se vote a los 16 años.
Digámoslo una vez más.
A partir de los 15 años el mundo se separa entre jóvenes y adultos.
Los jóvenes de hoy llenan las calles en las madrugadas del fin de semana, conocen el sexo en la edad que nosotros aun usábamos los pantalones cortos y, también, son los más frecuentes visitantes de hospitales de urgencia, víctimas de sobredosis, de comas alcohólicos o de accidentes de tránsito.
¿Sabe qué es lo más triste? Detrás de la belleza, las hazañas deportivas, el sexo, la droga, el alcohol o la política, hay gente mayor haciendo grandes negocios. Muchas veces es la misma gente que luego levanta el dedo para señalar a los jóvenes como causantes de cuanto desvarío se pueda cometer.
Sí, es un mundo de dos caras, como Jano.
A diferencia con Jano, hay mayores que sólo quieren mostrar una sola cara de Jano, como la luna.
Porque mientras esto ocurre, los mayores discutimos ardorosamente, mezclando esa realidad con preconceptos morales, religiosos, políticos, policiales o laborales, transformando a los jóvenes en un medio de experimentación o de exterminio o de ganancias o de rédito político.
Desde las pantallas, a todo esto, los jóvenes siguen luciendo sus dentaduras perfectas, sus cuerpos esbeltos, sus sonrisas compradoras.
Así, hasta que a las 12 de la noche apagamos el televisor y nos vamos a dormir.