Dejemos de lado esta crisis global que de una u otra forma afectó al mundo.

La historia demuestra que el crecimiento de los países después de la segunda guerra mundial ha sido muy desparejo.

Si uno analiza la historia de los últimos 60 años advierte que sólo 12 países en el mundo han logrado sostener un alto crecimiento económico ininterrumpido.

Son los países que han alcanzado la etapa del desarrollo.

El resto de los países crece y cae con llamativa frecuencia.

Dejemos de lado esta crisis global que de una u otra forma afectó al mundo.

La historia demuestra que el crecimiento de los países después de la segunda guerra mundial ha sido muy desparejo.

Si uno analiza la historia de los últimos 60 años advierte que sólo 12 países en el mundo han logrado sostener un alto crecimiento económico ininterrumpido.

Son los países que han alcanzado la etapa del desarrollo.

El resto de los países crece y cae con llamativa frecuencia.

No estamos inventando una nueva teoría

El tema ha sido analizado, especialmente por aquellos estadistas y economistas que saben diferenciar el simple crecimiento, del desarrollo.

Hace un par de años se conoció un libro en los Estados Unidos que llevaba por título El Segundo Mundo.

Una obra interesante que por primera vez concentraba la atención intelectual en un grupo de unos cien países, que son del llamado Segundo Mundo. Es decir, países que no han logrado llegar a ser desarrollados, aunque han hecho muchas cosas bien.

Por ejemplo, han dejado de lado las aventuras golpistas, han intentado aumentar sus reservas monetarias, han combatido la inflación, han intentado comerciar con todo el mundo.

Pero han quedado ahí, en esa etapa intermedia del desarrollo, con periodos de euforia y depresión, en cierta medida tironeados por fuerzas, a veces, enfrentadas entre sí.



¿Por qué ocurre esto?

Digámoslo en forma contundente: porque no sabemos distinguir entre crecimiento y desarrollo.

Pongamos un ejemplo sencillo: un chico que a los 12 años pega “el estirón” y pasa de medir un metro cincuenta a un metro ochenta en un año.

¿Cuál es el problema?

Que aunque mida un metro ochenta, tiene sólo 13 años.

Ha crecido pero no se ha desarrollado psicológica, afectiva ni culturalmente en la misma medida.



Este tipo de crecimiento es típico de países que poseen grandes recursos naturales.

Por eso algunos economistas hablan de “la maldición de los recursos naturales".

Quien tiene hoy petróleo, cobre, soja, celulosa, oro, ve crecer los números de su economía rápidamente.

Aumentan los ingresos brutos, crece el ingreso per capita aunque en forma mentirosa, aumentan las exportaciones.

Pero basta que caiga el precio internacional de ese elemento o el mundo deje de consumirlo en la misma cantidad, para que el crecimiento se detenga y cunda el pesimismo.



Esto es lo que diferencia el primer mundo del llamado “segundo mundo”.

A veces pareciera que se acercan.

En algunas épocas es mayor incluso el crecimiento de los países del segundo mundo.

Pero a la larga, los que siguen adelante son aquellos doce del llamado primer mundo.

¿Por qué ocurre eso?

Porque los países que poseen grandes recursos naturales no aprovechan las épocas de bonanzas para crecer en todos los sentidos.

En lugar de entrar en la era de los conocimientos, dar un gran salto en materia educativa, diversificar rápidamente la oferta productiva, vuelcan todas sus energías a aquello que le trae una pasajera bonanza.

Y como creen que la dicha será eterna, los que tienen acceso al reparto de la nueva torta, como obtienen porciones más grandes, se hacen una nueva casa, cambian el automóvil, viajan a lugares exóticos.



¿Saben cuál es el problema?

Estamos todavía en la rutina de hacer más de lo mismo. Y resulta que no hay país del Segundo Mundo, que llegue al Primer Mundo haciendo más de lo mismo.

Si el negocio es la soja, no vamos a desarrollarnos sólo produciendo más soja.

Si el negocio es el oro, no vamos a llegar a ser una provincia desarrollada por tener más oro.

Venezuela no va a ser un país desarrollado, por más petróleo que tenga, sólo con los discursos de Chavez.

Viviremos mejor mientras tengamos soja y oro. Y tal vez los venezolanos vivan mejor si el barril de petróleo vale más.

Pero ¡cuidado!.

Que no nos alcance la maldición de los recursos naturales.

Es hora que comprendamos que tenemos que utilizar esos años de bonanzas para generar miles de empresas que produzcan cosas que hoy no se producen.

De una vez por todas debemos advertir que no se alcanza  una educación de excelencia por hacer más escuelas o nombrar más profesores o hacer más fácil la educación sino por aumentar los niveles de exigencia y superación.

Ni la salud mejorará sino mejoramos recursos humanos ni aumentará la seguridad por poner un policía en cada cuadra.



Seamos claros.

Es bueno que la gran minería traiga mejores días.

Pero sigamos insistiendo en el camino a Chile, en los programas de Calidad San Juan, en el desarrollo de las energías alternativas, en la ampliación de las áreas de cultivo sistematizado el riego, en la producción de hidroelectricidad, en la industrialización de las materias primas, en infraestructura turística.

Esas son las cosas que nos darán un crecimiento estable en el tiempo.

La diferencia entre los doce países que alcanzaron el desarrollo y los cien que se amontonan en el llamado segundo mundo es que estas cosas las tuvieron muy claras.

 

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